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Mi encuentro con ella [parte 2º]

Mi encuentro con ella [parte 2º]

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / Mi encuentro con ella parte 1º / parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas.

El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia.

A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz.

Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello.

Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar.

Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil.

A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa.

De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino.

En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido.

Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito.

En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente… Nuestros pasos, entonces, comenzaron a acallar sus absurdas prisas…

Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándome de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos.

Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Transcendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido.

Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte.

El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo.

Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines.

La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche.

Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

cronología  para leer: 

Un dialogo con la muerte / Mi encuentro con ella parte 1º / parte 2º

Lentamente nos adentramos en un largo callejón de aburridas y grises baldosas.

El aire estaba frío y la noche silenciosa y majestuosa se aproximaba intentando disimular su crepuscular presencia.

A lo lejos, en el horizonte marino, algunas nubes de rostros morados comenzaban a asomarse, presagiando la llegada de una sublime y no muy lejana húmeda paz.

Por momentos, y de forma intermitente, el cielo comenzó a iluminarse con un ligero resplandor metalizado que ponía al descubierto la rigidez de sus tormentosos gestos. Mientras tanto, Muerte, presumida y despreocupada, caminaba a mi lado sin inmutarse por ello.

Algunas hojas de los árboles, absortas en un divino espejismo, se desprendían de las copas intentando ensayar un sencillo vuelo que les permitiese sentirse como un pequeño pájaro capaz de volar.

Caminábamos sin prisas y en silencio. Tan solo un lejano eco viviente en mis oídos me recordaba que aún permanecía en esta dimensión de formas limitadas y conciencia infantil.

A nuestro alrededor, todo giraba en perfecta armonía.

La Existencia Infinita, plasmada en lo concreto y lo abstracto, se volvía Una.

La noche y…  el sagrado silencio…

La inevitable quietud y…  el vacío…

La paz… la beatífica paz… sin dueño alguno, sin nombre propio.

Por detrás de nosotros, y a una muy corta distancia nuestras pisadas, haciendo caso omiso de nuestras presencias, intentaban descubrir nuestros sentimientos, como si se tratase de una gran exclusiva de color rosa.

De vez en cuando, el viento apoyaba sus manos frías en mi rostro, crispando mi sonrojada piel. Mi aliento, tibio y pausado, se elevaba tímidamente al son de mis pasos, transformándose en un vapor cristalino.

En la lejanía del horizonte, la Luna trepaba vigorosamente por la empinada cuesta del firmamento, huyendo de las voraces fauces de las olas que amenazaban con enturbiar su halógeno y acuático resplandor.

Poco a poco, la Eternidad comenzó a teñir el firmamento.

A detener el tiempo… A empañar mis ojos… A aflorar mi esencia….

Mi mente fue acallándose y comencé a descender por un profundo laberinto de silencio en el cual mi consistencia mental empezó a diluirse rápidamente, sin dolor. A mi lado, Muerte continuaba su andar de forma pausada, aunque un tanto distante. Al paso por las luces de las farolas, comencé a reparar en el rostro de mi compañera. Mi temor, basado en mi pasado, me impedía levantar mis ojos para contemplar abiertamente aquel rostro prohibido y temido.

Poco a poco comencé a percibir en aquella etérea presencia una extraña belleza que nunca antes había vislumbrado. ¡No! No era tan horrenda ni tan cruel como me la habían descrito.

En ese preciso instante, un fugaz rayo de luna se precipitó sobre nosotros e iluminó su ansiado rostro. Nuestras miradas, impulsadas por una misteriosa fuerza, tropezaron kármicamente… Nuestros pasos, entonces, comenzaron a acallar sus absurdas prisas…

Entonces su voz, de forma pausada y telepática, invadió súbitamente mi mente.

—Juan, dime: ¿qué buscas en mí?

Un amoroso y oportuno silencio selló mis labios, resguardándome de que inadecuadas e impulsivas palabras pudiesen romper el encanto de aquella pregunta abarrotada de sentimientos.

Al cabo de unos instantes, y luego de un forzado y meditado esfuerzo, musité:

—Muerte, no busco nada en ti, no busco absolutamente nada en ti.

—Entonces, ¿por qué te acercas a mí cuando todo el mundo intenta ignorarme?

Mis ojos, confidentes de mis sentimientos, empañaron su mirada ante el asomo de las generosas lágrimas que brotaron desde lo más hondo de mi ser.

—Muerte, ¡tú eres la que da el valor a mi Vida! ¿Acaso no lo comprendes? ¿Cómo voy a despreciarte? Sin ti… nada sería.

Su rostro se volvió tenso, como intentando detener un rebelde sentimiento femenino que luchaba por expresarse. Sonrojada, alzó despacio los ojos y luego de una breve e incierta pausa, murmuró:

—No deberías estar aquí, Juan. ¿Lo sabes?

—No, no lo sé —respondí en voz baja—, pero… ¿por qué me dices esto, Muerte?

Su semblante cambió repentinamente en el mismo instante en que una azulada y brumosa niebla comenzó a cubrirle los cabellos. Su imagen comenzó a desdibujarse y su voz, un tanto impersonal, volvió a resonar en los laberintos de mi mente:

—Mira, Juan, no puedo ser tu amiga. Tú habitas en el mundo de las formas y, como tal, este tiene sus limitaciones y debes asumirlas. Sinceramente, creo que te será muy difícil y doloroso permanecer en esta Tierra si trasciendes ciertas leyes que rigen al género humano. Recuerda que todo forma parte del Sagrado Plan, y además, Juan, aunque parezca tonta y superficial mi pregunta, dime, ¿qué pensarán de ti los que te rodean si comentas nuestro encuentro?

Un incierto y leal temor se adueñó de mi pecho ante las amenazantes palabras que intentaban hacer peligrar nuestra relación.

—No lo sé, Muerte, pero ¿sabes? ¡No me importa en absoluto lo que piensen! ¿Acaso no eres real?  ¿Por qué debo negarte? Muerte, sinceramente, te agradezco tus sentimientos y tu preocupación por mí, pero intentaré expresarte con claridad lo que siento, aunque no sé si encontraré las palabras adecuadas para ello.

Tú, Muerte, en estos momentos existes en mi conciencia y has cobrado forma y vida porque yo te veo y me relaciono contigo a través de una imagen animada de delgados huesos y brazos de pan. Pero supongo, Muerte, que sabrás que tú eres un “divino” espejismo que existe solo en el reino humano, y te digo esto, Muerte, porque cuando recobro atisbos de mi Memoria Transcendente y me diluyo en el Infinito perdiendo mi conciencia humana, tú, al igual que cualquier otro ser de esta Tierra, también mueres. Y lo más curioso es que ni siquiera dejas señal alguna de haber existido.

Por todo ello, Muerte, no debes preocuparte por mí. Más aún, creo que no tardará mucho en llegar el día en que mis hermanos puedan reconocer lo que hoy intento transmitirte.

El firmamento, silencioso testigo de nuestras confesiones, desgarraba su etérea piel al paso de cada uno de los relámpagos que recorrían su ennegrecido cuerpo.

Al cabo de unos instantes, un rayo despiadado abrió una profunda herida en sus entrañas y un poderoso estruendo se dejó oír en sus confines.

La Vida, engalanada de silenciosa Eternidad, asomó su rostro detrás de un impresionante velo de cristalinas gotas de lluvia. En los contornos de mi Alma, y de forma misteriosa, aparecieron grabadas las siguientes palabras:

Juan recuerda:

La Vida es eterna… más allá de la conciencia humana…

Lentamente comencé a recobrar la conciencia de mis pasos. Una bendita y humilde sensación de pequeñez envolvía mi ser. Mi cuerpo, ligeramente dolorido, recobraba su existencia en medio de la noche.

Mis labios balbuceaban torpemente los sagrados vocablos que todo lo abarcan:

Gracias, Vida, gracias.

@Juan Vladimir

Febrero 1999

El periódico

El periódico

El día había llegado arrullado por una suave y fresca brisa que provenía del sudeste. Las ramas del frondoso limonero se mecían debido al peso de sus frutos, mientras que las margaritas, enjauladas en un cantero verde, suspiraban aliviadas al ver que el sol se asomaba por el horizonte.

Los pájaros llevaban ya varias horas cantando alegremente, yendo y viniendo de sus nidos mientras recogían el alimento para el día. Algunos chillaban, otros, tímidos y pequeños, volaban casi desapercibidos.

En los fondos del jardín, casi tocando la alambrada, los eucaliptos se alzaban majestuosos. Sus troncos delataban el paso del tiempo y sus cortezas arrugadas como antiguos pergaminos se desprendían quebradizas de sus gruesos cuerpos. Sus melenas largas, verdes y de perfumadas hojas se mecían esparciendo una sensación de frescura y vitalidad.

Un poco más allá, dos rosales exhibían sus serenas bellezas y exhalaban el perfume que representaba el misterio de sus hermosuras.

Detrás de los rosales, dos pequeñas palmeras de hojas puntiagudas se abanicaban mutuamente. A sus pies, las hormigas, corrían incansables por sus senderos, trasmitiendo la sensación de que el trabajo estaba organizado de antemano. Resultaba asombroso el observarlas en sus prisas sin extraviarse del camino predefinido.

De tanto en tanto, el inconfundible ladrido de Sultán, el perro del caserío vecino, resquebrajaba aquel silencio divino. Con sus frenéticos ladridos anunciaba la presencia de cualquier visitante foráneo.

La naturaleza —silenciosa voz del Infinito— aquella mañana revoloteaba como una gigantesca noria despertando a la vida a todos los seres.

El ritual de aquel amanecer no se diferenciaba en mucho al de otros días.

Sentado bajo el alero del porche, contemplaba extasiado el devenir de las primeras luces mientras que mis manos sujetaban la taza desde la cual manaba el inconfundible aroma de las hierbas que tanto me gustaban.

El pan a esas horas de la mañana tenía un sabor diferente; era la vida misma transformada en rebanadas de corteza y miga despertando mis sentidos y mi gratitud por estar vivo.

De vez en cuando, mi mano, en un gesto solidario, arrojaba un puñado de migas a cierta distancia de mis pies. Entonces, los pájaros se acercaban como si me conociesen de siempre y sin demora reemprendían el vuelo cargando en sus picos aquellos trocitos de pan.

Todas las mañanas, Tito, el vendedor de periódicos del pueblo vecino, montado en su vieja bicicleta, recorría el vecindario repartiendo los ejemplares del día.

Algunas veces llegaba más tarde que de costumbre y era entonces cuando anunciaba a viva voz algunas noticias que él mismo inventaba, haciendo con ello que todos los vecinos riesen o se preocupasen según por lo que Tito anunciaba.

Aquella mañana, como siempre, me sumergí en la lectura de aquellas hojas tintadas de grises que hablaban de la condición humana y sus circunstancias.

Nuevamente, las guerras sin sentido aparecían en la portada, compartiendo espacio con el hambre, fotografiada sin pudor junto a las luchas raciales.

En otras columnas, las incompresibles cifras de los beneficios de las empresas que crecían y decrecían sin importar las personas, ocupaban gran parte de aquellas páginas.

Las injusticias justificadas en los discursos de los políticos, sus mentiras y promesas se disputaban las primeras planas.

Todas las emociones y contradicciones de la condición humana reproducidas en diferentes situaciones, a veces inverosímiles, afloraban cada día en aquellas hojas de papel, una y otra vez.

Algunas páginas del periódico estaban colmadas de anuncios de compra y venta de miles de artículos; en otras, se ofrecían los servicios de compañía y sexo sin ningún tapujo.

Todo se vendía, todo tenía un precio para la condición humana.

En otra página, en la cual solía detenerme para leer y reflexionar, estaban las esquelas. Algunas eran tan pequeñas que apenas podían leerse; otras tenían un símbolo diminuto en el centro, una cruz o una estrella; otras estaban recuadradas con líneas gruesas para no pasar desapercibidas.

De tanto en tanto, me acercaba a los labios aquel bendito té que me recordaba mi presencia en el presente.

Mis ojos deambulaban por los monótonos grises de las páginas, hasta que se posaron en un anuncio enmarcado en un recuadro, pero que no llevaba ningún símbolo, y ello me llamó la atención.

Debido a los rayos del sol, entrecerré los ojos y al volver a abrirlos me pareció ver ¡mi nombre allí escrito!  ¡Sin duda, lo era!

Mi respiración se agitó bruscamente, en un acto reflejo para acompasarse con los latidos de mi corazón, y entonces mi consciencia comenzó a diluirse como si cayera en un abismo sin fondo.

Mi presencia comenzó a perderse en la etérea sensación de la nada… Mis ojos humedecidos, encandilados por los rayos de la luz, luchaban sorprendidos abriéndose y cerrándose debido a la hiriente claridad solar.

Desprevenido y desoyendo mis amenazantes pensamientos, comencé a leer las esquelas que estaban al lado de aquella donde me había parecido leer mi nombre:

Falleció víctima de las circunstancias adversas Mi Ego al descubrir que no podía controlar las cosas.

Falleció víctima del tiempo Mi Temor al percatarse de su condenada ilusión.

Falleció en su momento preciso Mi Ambición al haberse percatado del sin sentido de su ciego esfuerzo.

Falleció víctima de la sorpresa El Buscador que habitaba en mí al darse cuenta de que realmente no hay nada que buscar.

Falleció víctima de la realidad El Actor aquel que representabaen su día a día un pobre papel para hallar reconocimiento.

Falleció víctima de la humildad El Juez al tomar consciencia de su ignorancia.

¡Entonces, tras leerlas, comencé a llorar! Las lágrimas surcaban mis mejillas buscando huir de la congoja que anudaba mi garganta…

Lentamente, todas las máscaras que durante tanto tiempo habían formado parte de mi aparente identidad comenzaron a caer una a una, sin dolor, sin reproches, sin pasados que las justificasen.

La comprensión irradiaba su luz tenue y acallaba mis pensamientos y mi raciocinio. La Eternidad silenciosa asomó su rostro…

Mis manos temblorosas comenzaron a plegar despacio las enormes hojas de papel. Mis ojos humedecidos se alzaron y volvieron a contemplar el limonero…Y entonces ¡sonrieron!, se detuvieron por un instante en los dos rosales…y agradecieron en silencio.

Todo permanecía como el primer día. Todos los seres que conformaban aquel pequeño jardín continuaban sus existencias como si nada extraordinario sucediese, porque probablemente sus Esencias ya conocían el secreto… o tal vez porque no fuera tan importante.

Quizá la vida fuera más sencilla, y mi Alma ahora lo sabía.

@Juan Vladimir

Julio 2016

El día había llegado arrullado por una suave y fresca brisa que provenía del sudeste. Las ramas del frondoso limonero se mecían debido al peso de sus frutos, mientras que las margaritas, enjauladas en un cantero verde, suspiraban aliviadas al ver que el sol se asomaba por el horizonte.

Los pájaros llevaban ya varias horas cantando alegremente, yendo y viniendo de sus nidos mientras recogían el alimento para el día. Algunos chillaban, otros, tímidos y pequeños, volaban casi desapercibidos.

En los fondos del jardín, casi tocando la alambrada, los eucaliptos se alzaban majestuosos. Sus troncos delataban el paso del tiempo y sus cortezas arrugadas como antiguos pergaminos se desprendían quebradizas de sus gruesos cuerpos. Sus melenas largas, verdes y de perfumadas hojas se mecían esparciendo una sensación de frescura y vitalidad.

Un poco más allá, dos rosales exhibían sus serenas bellezas y exhalaban el perfume que representaba el misterio de sus hermosuras.

Detrás de los rosales, dos pequeñas palmeras de hojas puntiagudas se abanicaban mutuamente. A sus pies, las hormigas, corrían incansables por sus senderos, trasmitiendo la sensación de que el trabajo estaba organizado de antemano. Resultaba asombroso el observarlas en sus prisas sin extraviarse del camino predefinido.

De tanto en tanto, el inconfundible ladrido de Sultán, el perro del caserío vecino, resquebrajaba aquel silencio divino. Con sus frenéticos ladridos anunciaba la presencia de cualquier visitante foráneo.

La naturaleza —silenciosa voz del Infinito— aquella mañana revoloteaba como una gigantesca noria despertando a la vida a todos los seres.

El ritual de aquel amanecer no se diferenciaba en mucho al de otros días.

Sentado bajo el alero del porche, contemplaba extasiado el devenir de las primeras luces mientras que mis manos sujetaban la taza desde la cual manaba el inconfundible aroma de las hierbas que tanto me gustaban.

El pan a esas horas de la mañana tenía un sabor diferente; era la vida misma transformada en rebanadas de corteza y miga despertando mis sentidos y mi gratitud por estar vivo.

De vez en cuando, mi mano, en un gesto solidario, arrojaba un puñado de migas a cierta distancia de mis pies. Entonces, los pájaros se acercaban como si me conociesen de siempre y sin demora reemprendían el vuelo cargando en sus picos aquellos trocitos de pan.

Todas las mañanas, Tito, el vendedor de periódicos del pueblo vecino, montado en su vieja bicicleta, recorría el vecindario repartiendo los ejemplares del día.

Algunas veces llegaba más tarde que de costumbre y era entonces cuando anunciaba a viva voz algunas noticias que él mismo inventaba, haciendo con ello que todos los vecinos riesen o se preocupasen según por lo que Tito anunciaba.

Aquella mañana, como siempre, me sumergí en la lectura de aquellas hojas tintadas de grises que hablaban de la condición humana y sus circunstancias.

Nuevamente, las guerras sin sentido aparecían en la portada, compartiendo espacio con el hambre, fotografiada sin pudor junto a las luchas raciales.

En otras columnas, las incompresibles cifras de los beneficios de las empresas que crecían y decrecían sin importar las personas, ocupaban gran parte de aquellas páginas.

Las injusticias justificadas en los discursos de los políticos, sus mentiras y promesas se disputaban las primeras planas.

Todas las emociones y contradicciones de la condición humana reproducidas en diferentes situaciones, a veces inverosímiles, afloraban cada día en aquellas hojas de papel, una y otra vez.

Algunas páginas del periódico estaban colmadas de anuncios de compra y venta de miles de artículos; en otras, se ofrecían los servicios de compañía y sexo sin ningún tapujo.

Todo se vendía, todo tenía un precio para la condición humana.

En otra página, en la cual solía detenerme para leer y reflexionar, estaban las esquelas. Algunas eran tan pequeñas que apenas podían leerse; otras tenían un símbolo diminuto en el centro, una cruz o una estrella; otras estaban recuadradas con líneas gruesas para no pasar desapercibidas.

De tanto en tanto, me acercaba a los labios aquel bendito té que me recordaba mi presencia en el presente.

Mis ojos deambulaban por los monótonos grises de las páginas, hasta que se posaron en un anuncio enmarcado en un recuadro, pero que no llevaba ningún símbolo, y ello me llamó la atención.

Debido a los rayos del sol, entrecerré los ojos y al volver a abrirlos me pareció ver ¡mi nombre allí escrito!  ¡Sin duda, lo era!

Mi respiración se agitó bruscamente, en un acto reflejo para acompasarse con los latidos de mi corazón, y entonces mi consciencia comenzó a diluirse como si cayera en un abismo sin fondo.

Mi presencia comenzó a perderse en la etérea sensación de la nada… Mis ojos humedecidos, encandilados por los rayos de la luz, luchaban sorprendidos abriéndose y cerrándose debido a la hiriente claridad solar.

Desprevenido y desoyendo mis amenazantes pensamientos, comencé a leer las esquelas que estaban al lado de aquella donde me había parecido leer mi nombre:

Falleció víctima de las circunstancias adversas Mi Ego al descubrir que no podía controlar las cosas.

Falleció víctima del tiempo Mi Temor al percatarse de su condenada ilusión.

Falleció en su momento preciso Mi Ambición al haberse percatado del sin sentido de su ciego esfuerzo.

Falleció víctima de la sorpresa El Buscador que habitaba en mí al darse cuenta de que realmente no hay nada que buscar.

Falleció víctima de la realidad El Actor aquel que representabaen su día a día un pobre papel para hallar reconocimiento.

Falleció víctima de la humildad El Juez al tomar consciencia de su ignorancia.

¡Entonces, tras leerlas, comencé a llorar! Las lágrimas surcaban mis mejillas buscando huir de la congoja que anudaba mi garganta…

Lentamente, todas las máscaras que durante tanto tiempo habían formado parte de mi aparente identidad comenzaron a caer una a una, sin dolor, sin reproches, sin pasados que las justificasen.

La comprensión irradiaba su luz tenue y acallaba mis pensamientos y mi raciocinio. La Eternidad silenciosa asomó su rostro…

Mis manos temblorosas comenzaron a plegar despacio las enormes hojas de papel. Mis ojos humedecidos se alzaron y volvieron a contemplar el limonero…Y entonces ¡sonrieron!, se detuvieron por un instante en los dos rosales…y agradecieron en silencio.

Todo permanecía como el primer día. Todos los seres que conformaban aquel pequeño jardín continuaban sus existencias como si nada extraordinario sucediese, porque probablemente sus Esencias ya conocían el secreto… o tal vez porque no fuera tan importante.

Quizá la vida fuera más sencilla, y mi Alma ahora lo sabía.

@Juan Vladimir

Julio 2016

Felicidad

Felicidad

El amanecer se desperezaba en el horizonte. Yo observaba el sol en la lejanía, que entre bostezos y dudas intentaba elevarse por encima de las nubes grises que lo cercaban.

Una suave y fresca brisa mañanera me acariciaba el rostro mientras que en el cielo podía divisarse con nitidez a una pareja de albatros que, ajenos a lo que sucedía debajo de ellos, volaban en paz camino del horizonte.

La superficie del agua, apenas ondulada, se asemejaba a una delgada sábana que cubría el misterio que residía en lo profundo del mar.

De vez cuando, en la acuosa superficie podían apreciarse pequeñas colonias de algas, cuyos cuerpos brillaban con intensidad al recibir los primeros rayos de sol. Permanecían inmóviles, flotando plácidamente, ajenas al día que estaba naciendo.

No muy lejos de allí, algunos atunes saltaban alegremente dejando ver sus resplandecientes cuerpos.

El viejo barco llamado Eternidad navegaba impasible por su ruta, establecida desde tiempos inmemoriales.

Una larga estela blanca delataba su incansable andar sobre la grisácea mar, mientras los albatros, muy lejos ya, continuaban indiferentes en alegre vuelo por el inmaculado espacio.

La cubierta de aquel gran barco en el cual navegaba estaba húmeda; el sol aún no se había percatado de ello y mis pies descalzos dejaban persistentes y resbaladizas huellas sobre la dura cubierta de madera.

Mi memoria era frágil; no recordaba en absoluto en qué momento había subido a bordo de esa nave. Me hallaba inmerso en un viaje fantástico, increíble por momentos, del cual no sabía ni su origen ni su destino, era el viaje de Mi vida.

La identidad del capitán que estaba al mando de esa ilusoria nave también era un misterio. Algunos compañeros de travesía me decían que el capitán llevaba el cabello largo y un crucifijo colgado de su cuello; otros, en cambio me comentaban que no, que llevaba el cabello rapado y lucía en su pecho un collar de cuentas de madera. Había muchas versiones sobre su identidad. Todos, en algún momento de la travesía, nos sentimos intrigados y queríamos saber, pero en realidad nadie tenía ninguna certeza al respecto.

Ninguno de los pasajeros conocíamos el origen, el propósito y el destino del viaje. En muy pocas ocasiones lográbamos recordar que algún día deberíamos desembarcar.

El temor y la necesidad de perpetuarnos en una ilusoria seguridad que muchos sentíamos provocaban que las mentes tejieran todo tipo de leyendas, algunas casi fantásticas y complicadas de creer.

¡Qué difícil resultaba para muchos de los pasajeros el vivir cada día sin preocuparse por el mañana!

Dime Dios: ¿Por qué sonríes? ¿No sientes pena? ¿No te entristeces por ellos al observarlos? ¿Qué sientes, Dios? 

Con los brazos apoyados en la barandilla blanca, aligeraba un poco el peso de mi cuerpo sobre las piernas. Maravillado por lo que contemplaba, mis ojos resplandecían ante cada nuevo descubrimiento, ante los regalos que la vida me brindaba con cada nuevo amanecer.

Mi corazón, arropado por mi Alma, henchía los pulmones ante tanta belleza, la cual no se limitaba a lo que reflejaban mis retinas, sino a lo que estas transmitían a mi interior.

Ante ello, mi Alma se elevaba más allá de lo visible y acompañaba durante un rato el vuelo celeste de los albatros.

De tanto en tanto, algunos peces voladores saltaban y caían sobre la cubierta, provocando con ello mi asombro y algún que otro sobresalto.

Algunas olas impertinentes exhibían su poder descargando su blanca osadía sobre el casco envejecido del barco, y era entonces cuando sentía en el rostro una bendición sagrada plasmada en la humedad de mis mejillas, salpicadas por gotas de espuma blanca.

En esos momentos, todos nos abrazábamos en perfecta armonía: 

El sol y el cielo… el agua y los peces… el barco y la eternidad… el Todo y mi pequeñez…

Mis ojos, como hipnotizados, vagaban por el horizonte y se posaban sobre las olas. Asentados sobre el azul verdoso de sus crestas, acompañaban los movimientos de estas como si se tratase de un juego infantil.

Un día, inmerso en ese inocente pasatiempo, me pareció distinguir una frase escrita sobre la base de una ola, que, si mal no recuerdo, decía algo así:

“La pena y la tristeza no te pertenecen… Son efímeras… pero ello solo lo descubrirás cuando tus ojos miren donde deben mirar…”

Atónito ante lo que acababa de leer, en un brusco acto reflejo me pregunté:

¿Hacia dónde debo mirar?  ¿Hacia dónde debo mirar?

La respuesta llegó telepáticamente a mi mente

Juan, solo mira en tu realidad, en tu fragilidad

De pronto tomé consciencia de lo que me estaba sucediendo e intenté buscar nuevamente la gran ola que momentos antes había visto, la portadora del mensaje, pero esta había desaparecido por debajo de la proa.

El viaje continuó y las noches y los días se intercalaban plácidamente. A pesar de que todo parecía que se repetía sin variaciones, en realidad, cada momento era diferente, cada día era incomparable al ya vivido.

Las noches para mí eran especiales, cada una de ellas me desvelaba sensaciones y sentimientos que muchas veces las palabras no podían definir.

Mi mirada se perdía en el firmamento y en mi fuero interno sonreía pensando que también la bóveda celeste era semejante a la cubierta del gran barco donde me encontraba. En ella, las estrellas, al igual que yo —solitario transeúnte del Gran Mar— discurrían a su antojo por la inmensa superficie oscurecida de la noche.

A la madrugada, cuando la mayoría de los pasajeros se habían retirado a descansar, cogía una hamaca de raída lona que había escondido detrás de un mamparo, cerca de la popa, y me tendía en ella para contemplar la increíble cúpula salpicada de estrellas que me cobijaba.

El barco se mecía y me recordaba a una gran madre acunando a sus hijos. La brisa había desaparecido, tal vez fatigada, y el olor de la noche penetraba en mis pulmones, anestesiando mis pensamientos, haciéndome perder la consistencia de mi condición humana.

¡Y entonces el Infinito cobraba vida!, y en la gran pantalla del cielo comenzaba a proyectarse la Vida en sí misma, libre, desnuda, sin tapujos, como ella es en realidad

Recordé que en uno de los bolsillos de mi chaqueta guardaba un papel donde un amigo mío, aficionado a la astronomía, me había dibujado un escueto mapa del cielo.

A la luz de una pequeña linterna, intenté descifrar el dibujo y traté de divisar en el firmamento algunas de las estrellas que mi amigo me había señalado.

El barco, mientras tanto, continuaba su singladura, al igual que las estrellas… Y yo… yo sin saber nada… acerca de nada… permanecía absorto en la eternidad de la noche, inmerso en un bendito silencio que premiaba la consciencia de mi ignorancia.

Me sentía un ser privilegiado, espectador sigiloso del Infinito en brazos de la existencia.

Lentamente fui descubriendo algunas de las estrellas dibujadas en aquel trozo de papel: la Osa Menor, la Osa Mayor, las Tres Marías, las constelaciones de Orión, Sirio y algunas más cuyos nombre no recuerdo.

Sin embargo, había una estrella que brillaba por sobre las demás; su luz era intensa y pura y destacaba en aquel cielo oscuro. De pronto, hechizado por su brillo y preso de la emoción, exclamé: ¡Sí! Sin duda es ella, es Felicidad, la estrella que todo el mundo desea encontrar y que yo, sin querer, he descubierto!

Felicidad brillaba increíblemente y con su resplandeciente luz dejaba a la vista a otras estrellas, diminutas, que giraban a su alrededor.

Ella era la estrella más deseada, por la cual muchas personas habían vendido sus almas… Era la estrella que, según decía el mito, prometía la plenitud frente al vacío de la existencia.

Por un momento sonreí angustiado al tomar consciencia de mi descubrimiento y la congoja se hizo presente en mi corazón al darme cuenta de que la mayoría de las personas pensaban que Felicidad les brindaría todo lo que anhelaban. Lo más irónico era que ese todo que anhelaban era diferente para cada ser. Pero aún había más: ese todo cambiaba con el paso del tiempo, al igual que su valor.

Absorto en los descubrimientos de mi consciencia, observé que Felicidad titilaba nerviosa, como queriendo advertirme de algo.

Continué mirándola fijamente, pues dudaba de si era a mí a quien se dirigía o si se trataba solo de una ilusión óptica causada por el andar de las nubes a su alrededor. ¡Pero no, no era así! Felicidad abría y cerraba sus ojos intentando comunicarse conmigo.

¡Juan, Juan, tú me confundes, ¡Yo no me llamo Felicidad! 

Sus palabras resonaron misteriosamente en mi cabeza.

¿Pero… entonces, quién eres?, balbuceé. ¿Todo el mundo te venera y te persigue, quién eres?

Mi nombre verdadero es PAZ. Las personas me confunden con mi hermana pequeña, llamada Felicidad, y piensan que ella les dará lo que solo yo poseo, y esto no es más que un espejismo.

Una sensación de profunda extrañeza se apoderó de mí ante tal confesión.

El dolor por mis hermanos obsesionados con la infantil búsqueda de Felicidad, a lo largo de sus existencias, me entristecía y mi corazón lloraba en silencio.

Luego de la congoja que me oprimió el pecho durante unos momentos, la comprensión que nada tiene que ver con las palabras se apoderó mansamente de mi ser.

Empujado por el aliento infinito que inundaba la noche, comprendí y comencé a repetir, como por arte de magia, las palabras que Dios (la vida) me brindaba como respuesta a mis preguntas:

Compasión, Juan… Compasión…

El barco continuaba su rumbo navegando apaciblemente, la luna recorría ya el camino de regreso a su morada y algunas estrellas rezagadas intentaban ganar el horizonte.

Paz brillaba radiante, hermosa, iluminando todo a su alrededor. De tanto en tanto, entornaba sus ojos complacida ante el paso de las nubes.

Mi cuerpo encogido se mecía al son de las olas, mientras que mi Alma se elevaba para unirse al vuelo de los albatros.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

El amanecer se desperezaba en el horizonte. Yo observaba el sol en la lejanía, que entre bostezos y dudas intentaba elevarse por encima de las nubes grises que lo cercaban.

Una suave y fresca brisa mañanera me acariciaba el rostro mientras que en el cielo podía divisarse con nitidez a una pareja de albatros que, ajenos a lo que sucedía debajo de ellos, volaban en paz camino del horizonte.

La superficie del agua, apenas ondulada, se asemejaba a una delgada sábana que cubría el misterio que residía en lo profundo del mar.

De vez cuando, en la acuosa superficie podían apreciarse pequeñas colonias de algas, cuyos cuerpos brillaban con intensidad al recibir los primeros rayos de sol. Permanecían inmóviles, flotando plácidamente, ajenas al día que estaba naciendo.

No muy lejos de allí, algunos atunes saltaban alegremente dejando ver sus resplandecientes cuerpos.

El viejo barco llamado Eternidad navegaba impasible por su ruta, establecida desde tiempos inmemoriales.

Una larga estela blanca delataba su incansable andar sobre la grisácea mar, mientras los albatros, muy lejos ya, continuaban indiferentes en alegre vuelo por el inmaculado espacio.

La cubierta de aquel gran barco en el cual navegaba estaba húmeda; el sol aún no se había percatado de ello y mis pies descalzos dejaban persistentes y resbaladizas huellas sobre la dura cubierta de madera.

Mi memoria era frágil; no recordaba en absoluto en qué momento había subido a bordo de esa nave. Me hallaba inmerso en un viaje fantástico, increíble por momentos, del cual no sabía ni su origen ni su destino, era el viaje de Mi vida.

La identidad del capitán que estaba al mando de esa ilusoria nave también era un misterio. Algunos compañeros de travesía me decían que el capitán llevaba el cabello largo y un crucifijo colgado de su cuello; otros, en cambio me comentaban que no, que llevaba el cabello rapado y lucía en su pecho un collar de cuentas de madera. Había muchas versiones sobre su identidad. Todos, en algún momento de la travesía, nos sentimos intrigados y queríamos saber, pero en realidad nadie tenía ninguna certeza al respecto.

Ninguno de los pasajeros conocíamos el origen, el propósito y el destino del viaje. En muy pocas ocasiones lográbamos recordar que algún día deberíamos desembarcar.

El temor y la necesidad de perpetuarnos en una ilusoria seguridad que muchos sentíamos provocaban que las mentes tejieran todo tipo de leyendas, algunas casi fantásticas y complicadas de creer.

¡Qué difícil resultaba para muchos de los pasajeros el vivir cada día sin preocuparse por el mañana!

Dime Dios: ¿Por qué sonríes? ¿No sientes pena? ¿No te entristeces por ellos al observarlos? ¿Qué sientes, Dios? 

Con los brazos apoyados en la barandilla blanca, aligeraba un poco el peso de mi cuerpo sobre las piernas. Maravillado por lo que contemplaba, mis ojos resplandecían ante cada nuevo descubrimiento, ante los regalos que la vida me brindaba con cada nuevo amanecer.

Mi corazón, arropado por mi Alma, henchía los pulmones ante tanta belleza, la cual no se limitaba a lo que reflejaban mis retinas, sino a lo que estas transmitían a mi interior.

Ante ello, mi Alma se elevaba más allá de lo visible y acompañaba durante un rato el vuelo celeste de los albatros.

De tanto en tanto, algunos peces voladores saltaban y caían sobre la cubierta, provocando con ello mi asombro y algún que otro sobresalto.

Algunas olas impertinentes exhibían su poder descargando su blanca osadía sobre el casco envejecido del barco, y era entonces cuando sentía en el rostro una bendición sagrada plasmada en la humedad de mis mejillas, salpicadas por gotas de espuma blanca.

En esos momentos, todos nos abrazábamos en perfecta armonía: 

El sol y el cielo… el agua y los peces… el barco y la eternidad… el Todo y mi pequeñez…

Mis ojos, como hipnotizados, vagaban por el horizonte y se posaban sobre las olas. Asentados sobre el azul verdoso de sus crestas, acompañaban los movimientos de estas como si se tratase de un juego infantil.

Un día, inmerso en ese inocente pasatiempo, me pareció distinguir una frase escrita sobre la base de una ola, que, si mal no recuerdo, decía algo así:

“La pena y la tristeza no te pertenecen… Son efímeras… pero ello solo lo descubrirás cuando tus ojos miren donde deben mirar…”

Atónito ante lo que acababa de leer, en un brusco acto reflejo me pregunté:

¿Hacia dónde debo mirar?  ¿Hacia dónde debo mirar?

La respuesta llegó telepáticamente a mi mente

Juan, solo mira en tu realidad, en tu fragilidad

De pronto tomé consciencia de lo que me estaba sucediendo e intenté buscar nuevamente la gran ola que momentos antes había visto, la portadora del mensaje, pero esta había desaparecido por debajo de la proa.

El viaje continuó y las noches y los días se intercalaban plácidamente. A pesar de que todo parecía que se repetía sin variaciones, en realidad, cada momento era diferente, cada día era incomparable al ya vivido.

Las noches para mí eran especiales, cada una de ellas me desvelaba sensaciones y sentimientos que muchas veces las palabras no podían definir.

Mi mirada se perdía en el firmamento y en mi fuero interno sonreía pensando que también la bóveda celeste era semejante a la cubierta del gran barco donde me encontraba. En ella, las estrellas, al igual que yo —solitario transeúnte del Gran Mar— discurrían a su antojo por la inmensa superficie oscurecida de la noche.

A la madrugada, cuando la mayoría de los pasajeros se habían retirado a descansar, cogía una hamaca de raída lona que había escondido detrás de un mamparo, cerca de la popa, y me tendía en ella para contemplar la increíble cúpula salpicada de estrellas que me cobijaba.

El barco se mecía y me recordaba a una gran madre acunando a sus hijos. La brisa había desaparecido, tal vez fatigada, y el olor de la noche penetraba en mis pulmones, anestesiando mis pensamientos, haciéndome perder la consistencia de mi condición humana.

¡Y entonces el Infinito cobraba vida!, y en la gran pantalla del cielo comenzaba a proyectarse la Vida en sí misma, libre, desnuda, sin tapujos, como ella es en realidad

Recordé que en uno de los bolsillos de mi chaqueta guardaba un papel donde un amigo mío, aficionado a la astronomía, me había dibujado un escueto mapa del cielo.

A la luz de una pequeña linterna, intenté descifrar el dibujo y traté de divisar en el firmamento algunas de las estrellas que mi amigo me había señalado.

El barco, mientras tanto, continuaba su singladura, al igual que las estrellas… Y yo… yo sin saber nada… acerca de nada… permanecía absorto en la eternidad de la noche, inmerso en un bendito silencio que premiaba la consciencia de mi ignorancia.

Me sentía un ser privilegiado, espectador sigiloso del Infinito en brazos de la existencia.

Lentamente fui descubriendo algunas de las estrellas dibujadas en aquel trozo de papel: la Osa Menor, la Osa Mayor, las Tres Marías, las constelaciones de Orión, Sirio y algunas más cuyos nombre no recuerdo.

Sin embargo, había una estrella que brillaba por sobre las demás; su luz era intensa y pura y destacaba en aquel cielo oscuro. De pronto, hechizado por su brillo y preso de la emoción, exclamé: ¡Sí! Sin duda es ella, es Felicidad, la estrella que todo el mundo desea encontrar y que yo, sin querer, he descubierto!

Felicidad brillaba increíblemente y con su resplandeciente luz dejaba a la vista a otras estrellas, diminutas, que giraban a su alrededor.

Ella era la estrella más deseada, por la cual muchas personas habían vendido sus almas… Era la estrella que, según decía el mito, prometía la plenitud frente al vacío de la existencia.

Por un momento sonreí angustiado al tomar consciencia de mi descubrimiento y la congoja se hizo presente en mi corazón al darme cuenta de que la mayoría de las personas pensaban que Felicidad les brindaría todo lo que anhelaban. Lo más irónico era que ese todo que anhelaban era diferente para cada ser. Pero aún había más: ese todo cambiaba con el paso del tiempo, al igual que su valor.

Absorto en los descubrimientos de mi consciencia, observé que Felicidad titilaba nerviosa, como queriendo advertirme de algo.

Continué mirándola fijamente, pues dudaba de si era a mí a quien se dirigía o si se trataba solo de una ilusión óptica causada por el andar de las nubes a su alrededor. ¡Pero no, no era así! Felicidad abría y cerraba sus ojos intentando comunicarse conmigo.

¡Juan, Juan, tú me confundes, ¡Yo no me llamo Felicidad! 

Sus palabras resonaron misteriosamente en mi cabeza.

¿Pero… entonces, quién eres?, balbuceé. ¿Todo el mundo te venera y te persigue, quién eres?

Mi nombre verdadero es PAZ. Las personas me confunden con mi hermana pequeña, llamada Felicidad, y piensan que ella les dará lo que solo yo poseo, y esto no es más que un espejismo.

Una sensación de profunda extrañeza se apoderó de mí ante tal confesión.

El dolor por mis hermanos obsesionados con la infantil búsqueda de Felicidad, a lo largo de sus existencias, me entristecía y mi corazón lloraba en silencio.

Luego de la congoja que me oprimió el pecho durante unos momentos, la comprensión que nada tiene que ver con las palabras se apoderó mansamente de mi ser.

Empujado por el aliento infinito que inundaba la noche, comprendí y comencé a repetir, como por arte de magia, las palabras que Dios (la vida) me brindaba como respuesta a mis preguntas:

Compasión, Juan… Compasión…

El barco continuaba su rumbo navegando apaciblemente, la luna recorría ya el camino de regreso a su morada y algunas estrellas rezagadas intentaban ganar el horizonte.

Paz brillaba radiante, hermosa, iluminando todo a su alrededor. De tanto en tanto, entornaba sus ojos complacida ante el paso de las nubes.

Mi cuerpo encogido se mecía al son de las olas, mientras que mi Alma se elevaba para unirse al vuelo de los albatros.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

La sábana

La sábana

La superficie que ocupaba el jardín de aquella casa blanca no era muy extensa, tal vez un centenar de metros en su lado más profundo.

Una larga hilera de eucaliptos delimitaba aquel pequeño paraíso verde. Junto a ellos, esparcidos sin orden alguno, un limonero y dos floridos rosales compartían sus espacios.

Un poco más allá, junto a la cerca, había un enorme cantero colmado de alegres margaritas que, mecidas por una suave brisa, se abrazaban unas a otras con regocijo.

Mientras descansaba recostado en el tronco de un frondoso eucalipto, paseaba mi mirada por las margaritas y los verdes, y deleitaba mis oídos con el concierto de gorjeos y trinos que innumerables pajarillos ofrecían gratuitamente a la vida.

Al frente, en el otro extremo del jardín, entre dos ramas de eucalipto, un alambre delgado y tenso sujetaba con firmeza algunas piezas de ropa que en manos de la brisa flameaban al igual que una solemne bandera. Algunas de ellas esparcían pequeñas gotas de agua e iban cambiando de tonalidad a medida que el sol las iba secando.

De cuando en cuando alguna nube, traviesa como un chiquillo, se detenía delante del sol y provocaba que todos los colores de aquel pequeño edén se atenuasen y su resplandor fuese otro.

Yo dejaba que mis ojos deambularan mientras mi corazón palpitaba en paz.

De tanto en tanto, algún suspiro me despertaba de ese dulce letargo que la tarde me regalaba. Entonces, me incorporaba un poco y volvía a confiar en el noble soporte de aquel bendito árbol.

Todo giraba en perfecta armonía:

La paz y el cielo… El verde y la vida… Las aves y lo eterno…

Mi silencio y el misterio… La existencia y la nada… La vida y la muerte…

El permanente secreto…

Cegado por el sol, entrecerré los ojos para protegerlos de la luminosidad que, sin piedad, me encandilaba. De vez en cuando me detenía en el movimiento de la ropa sobre el alambre y me deleitaba viendo cómo una mano invisible sacudía alegremente aquellos trozos de tela.

En el centro del alambre, y perturbando la armoniosa rutina de las coloridas ropas colgadas, una esplendorosa sábana blanca se adueñaba de gran parte del alambre.

Casi sin percatarme, mis ojos se posaron sobre el cuerpo de aquella sábana. Poco a poco mi mirada perdió consistencia y se adentró en aquel blanco mar de algodón. Mi respiración comenzó a enlentecerse, al tiempo que en mi mente resonaban tenuemente estas palabras:

Mírame, Juan, ¿sabes quién soy? ¿Me reconoces…? 

Soy yo, tu conciencia…

 Desconfiado, escrudiñé aquella superficie blanca. Por un momento, y al igual que en un teatro cuyas cortinas se abrían para dejar a la vista el escenario, comencé a descubrir todo lo que en ella había escrito y dibujado durante mi existencia.

Percibí con claridad los colores brillantes que abrazaban mis ilusiones cuando era un joven adolescente. Descubrí aquel color rojo intenso que sonrojaba mi rostro al despertar mis instintos. Contemplé el color gris que delataba mis culpas cuando, preso del temor, actuaba sin obedecer a mi corazón. Volví a visualizar las manchas que aparecían cuando mis lágrimas asomaban. Torné a recordar tantas y tantas cosas…

De pronto, el sopor se hizo más intenso y caí en una especie de insondable letargo donde no pude saber si dormía profundamente o si había despertado luego de un largo ensueño.

Volví a recobrar mi visión, pues tomé consciencia de que había estado enfocando mis ojos en los pensamientos que mi mente proyectaba, prisionera del temor y la angustia del engaño del futuro.

Entonces, tal vez por volver a mirar como por primera vez, descubrí que la sábana blanca de mi consciencia, que tantas veces había ignorado, estaba allí, impoluta, traslúcida, perfecta en su simpleza frente a mí.

Me di cuenta de que todo lo que en ella había depositado a lo largo del tiempo, en cierto momento de la existencia se diluía y desaparecía, y que la importancia que le había atribuido a todo ello en sus respectivos momentos no era ni más ni menos que mis temores y mi necesidad de reafirmación.

Las lágrimas surcaron mis mejillas al advertir que aquello que llamaba consciencia era yo mismo, mi esencia sin nombre, sin carnet de identidad, sin futuro, sin pasado, sin culpas ni temores.

Descubrí que todos éramos iguales, semejantes, nacidos del Amor, hechos de amor y que muchas veces, ausentes de nosotros mismos, asustados como niños abandonados, deambulábamos por la existencia de forma inconsciente sin darnos cuenta de que estábamos vivos.

Comprendí que la consciencia siempre resplandece en nosotros más allá de todo lo que consignemos en ella, y que todo lo vertido no es más que el resultado de nuestro proceso de autodescubrimiento.

Más allá de todo, ella —la consciencia— es la ventana por la cual podemos descubrirnos existiendo en la Eternidad del presente, donde no hay principio ni final.

Una inoportuna racha de viento sacudió las ramas del árbol en el cual estaba apoyado, y al mismo tiempo que esto sucedía, un pequeño pájaro manchó mis ropas.

Volví a abrir los ojos lentamente, y mi Alma sonreía en silencio dando gracias al Infinito.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

La superficie que ocupaba el jardín de aquella casa blanca no era muy extensa, tal vez un centenar de metros en su lado más profundo.

Una larga hilera de eucaliptos delimitaba aquel pequeño paraíso verde. Junto a ellos, esparcidos sin orden alguno, un limonero y dos floridos rosales compartían sus espacios.

Un poco más allá, junto a la cerca, había un enorme cantero colmado de alegres margaritas que, mecidas por una suave brisa, se abrazaban unas a otras con regocijo.

Mientras descansaba recostado en el tronco de un frondoso eucalipto, paseaba mi mirada por las margaritas y los verdes, y deleitaba mis oídos con el concierto de gorjeos y trinos que innumerables pajarillos ofrecían gratuitamente a la vida.

Al frente, en el otro extremo del jardín, entre dos ramas de eucalipto, un alambre delgado y tenso sujetaba con firmeza algunas piezas de ropa que en manos de la brisa flameaban al igual que una solemne bandera. Algunas de ellas esparcían pequeñas gotas de agua e iban cambiando de tonalidad a medida que el sol las iba secando.

De cuando en cuando alguna nube, traviesa como un chiquillo, se detenía delante del sol y provocaba que todos los colores de aquel pequeño edén se atenuasen y su resplandor fuese otro.

Yo dejaba que mis ojos deambularan mientras mi corazón palpitaba en paz.

De tanto en tanto, algún suspiro me despertaba de ese dulce letargo que la tarde me regalaba. Entonces, me incorporaba un poco y volvía a confiar en el noble soporte de aquel bendito árbol.

Todo giraba en perfecta armonía:

La paz y el cielo… El verde y la vida… Las aves y lo eterno…

Mi silencio y el misterio… La existencia y la nada… La vida y la muerte…

El permanente secreto…

Cegado por el sol, entrecerré los ojos para protegerlos de la luminosidad que, sin piedad, me encandilaba. De vez en cuando me detenía en el movimiento de la ropa sobre el alambre y me deleitaba viendo cómo una mano invisible sacudía alegremente aquellos trozos de tela.

En el centro del alambre, y perturbando la armoniosa rutina de las coloridas ropas colgadas, una esplendorosa sábana blanca se adueñaba de gran parte del alambre.

Casi sin percatarme, mis ojos se posaron sobre el cuerpo de aquella sábana. Poco a poco mi mirada perdió consistencia y se adentró en aquel blanco mar de algodón. Mi respiración comenzó a enlentecerse, al tiempo que en mi mente resonaban tenuemente estas palabras:

Mírame, Juan, ¿sabes quién soy? ¿Me reconoces…? 

Soy yo, tu conciencia…

 Desconfiado, escrudiñé aquella superficie blanca. Por un momento, y al igual que en un teatro cuyas cortinas se abrían para dejar a la vista el escenario, comencé a descubrir todo lo que en ella había escrito y dibujado durante mi existencia.

Percibí con claridad los colores brillantes que abrazaban mis ilusiones cuando era un joven adolescente. Descubrí aquel color rojo intenso que sonrojaba mi rostro al despertar mis instintos. Contemplé el color gris que delataba mis culpas cuando, preso del temor, actuaba sin obedecer a mi corazón. Volví a visualizar las manchas que aparecían cuando mis lágrimas asomaban. Torné a recordar tantas y tantas cosas…

De pronto, el sopor se hizo más intenso y caí en una especie de insondable letargo donde no pude saber si dormía profundamente o si había despertado luego de un largo ensueño.

Volví a recobrar mi visión, pues tomé consciencia de que había estado enfocando mis ojos en los pensamientos que mi mente proyectaba, prisionera del temor y la angustia del engaño del futuro.

Entonces, tal vez por volver a mirar como por primera vez, descubrí que la sábana blanca de mi consciencia, que tantas veces había ignorado, estaba allí, impoluta, traslúcida, perfecta en su simpleza frente a mí.

Me di cuenta de que todo lo que en ella había depositado a lo largo del tiempo, en cierto momento de la existencia se diluía y desaparecía, y que la importancia que le había atribuido a todo ello en sus respectivos momentos no era ni más ni menos que mis temores y mi necesidad de reafirmación.

Las lágrimas surcaron mis mejillas al advertir que aquello que llamaba consciencia era yo mismo, mi esencia sin nombre, sin carnet de identidad, sin futuro, sin pasado, sin culpas ni temores.

Descubrí que todos éramos iguales, semejantes, nacidos del Amor, hechos de amor y que muchas veces, ausentes de nosotros mismos, asustados como niños abandonados, deambulábamos por la existencia de forma inconsciente sin darnos cuenta de que estábamos vivos.

Comprendí que la consciencia siempre resplandece en nosotros más allá de todo lo que consignemos en ella, y que todo lo vertido no es más que el resultado de nuestro proceso de autodescubrimiento.

Más allá de todo, ella —la consciencia— es la ventana por la cual podemos descubrirnos existiendo en la Eternidad del presente, donde no hay principio ni final.

Una inoportuna racha de viento sacudió las ramas del árbol en el cual estaba apoyado, y al mismo tiempo que esto sucedía, un pequeño pájaro manchó mis ropas.

Volví a abrir los ojos lentamente, y mi Alma sonreía en silencio dando gracias al Infinito.

@Juan Vladimir

Marzo 2016

El armario

El armario

El viejo armario de rostro descolorido reposaba inerme sobre la pared blanca de aquella habitación. Sus viejas puertas conservaban aún el increíble poder de iluminar y oscurecer el interior de aquel añoso mueble. A cada nuevo esfuerzo que realizaban tanto para abrirse o cerrarse sus bisagras, agarrotadas y oxidadas emitían metálicos quejidos que recordaban su fosca vejez. Un espejo de moteado semblante que estaba sujeto a una de las puertas, me observaba silenciosamente cada vez que lo enfrentaba. En una de sus esquinas, una etiqueta de bordes azulados apenas perceptibles, encuadraba dos palabras que delataban todo lo que allí se guardaba: “Mi Vida” mientras tanto mi cuerpo, hundido en el lomo del pesado sofá, contemplaba en silencio al Silencio.

En el interior de aquel mueble reposaban las ropas que durante toda mi vida había hecho servir. Junto a ellas dormitaban también descoloridos sueños, antiguas ilusiones y fatigados temores de épocas pasadas. En un rincón del armario, mis silencios impertérritos, descansaban solemnemente. Ellos habían acallado mis quejas cuando las circunstancias me obligaban a cambiar mis ropajes y yo me rebelaba contra ello.

Observando detenidamente entre las paredes de aquel armario, descubrí una pequeña percha de la que colgaba un guardapolvo blanco. Era el que había usado durante mis primeros años de escuela. Sus mangas estaban amarillentas y tenían algún que otro agujero. En una de ellas, una mancha de tinta azul había sobrevivido pese al tiempo transcurrido. Los bolsillos aún podían reconocerse, pese a estar medio descocidos. En la percha, y sujeta con una pinza de madera de las que se usan para tender la ropa, una etiqueta de cartón decía lo siguiente: Fue un tiempo feliz.

 Mi primer pantalón largo fue de color gris y junto a un jersey de color granate, una camisa blanca y una simple corbata formaban un todo amoroso que vistió mi personaje en aquella obra llamada El buen estudiante. El tiempo había escapado de prisa y pese a ello, no había podido destruir la entrañable relación que guardaba mi persona con aquel uniforme que usé para asistir al instituto y que significaba el paso de mi niñez a la adolescencia. Mi corazón al observarlo se ruborizaba tímidamente. Al evocar aquel tiempo renacen en mí la ilusión y el esfuerzo que se generaban al intentar aprender aquel guion premiado con buenas calificaciones y que representaba en sí mismo el mensaje de gratitud hacia mi abuela y hacia mi madre, que luchaban con ahínco para criarnos a mis hermanos y a mí. No podía permitirme el decepcionarlas, ellas lo daban todo por nosotros y lo mínimo que podía hacer para agradecer su sacrificio era que se sintieran orgullosas de mis estudios.

Mi juventud fue protagonista de un difícil papel que tuve que interpretar en una obra llamada Incierto destino, pero recordada por algunos críticos con el nombre de Adolescencia destruida. Un delgado alambre en forma de percha dormita suspendido sobre la barra sujeta entre las dos paredes de aquel mueble. En el descansan dos viejas camisas, una azul y la otra blanca. Estas, combinadas con la americana celeste que tan orgulloso lucía cuando trabajaba en la oficina, conformaban una especie de armadura dentro de la cual me sentía importante, seguro de mí mismo, donde mi alma frágil e inocente se parapetaba del dolor y de la incertidumbre de cada día. El argumento central de la obra que interpretaba en aquel entonces hablaba sobre el sobrevivir, sí, sobre el sobrevivir a la miseria, al dolor, a la angustia por la salud de mi madre; a la impotencia frente a la mesa vacía; a la desesperación tras vender todos los muebles de mi casa para poder alimentarnos; al peso de la responsabilidad por mis hermanos. Sobrevivir al gran dolor de no entender por qué ese Dios al que todos los días invocaba y suplicaba no me respondía. Sobrevivir a la impotencia de mi adolescencia envejecida prematuramente. A menudo, y debido a las circunstancias del guion, debía improvisar mi papel en cada función. Para ello recurría a alguna señal del destino, o a la palabra de alguien, o de algún mensaje oculto entre las nubes, o a un gesto amigable de “mi mala suerte” que suavizara mi padecer y mi angustia y que me permitiese salir airoso de cada día, de cada función.  Algunos de los espectadores que me observaban vivían con desbordada intensidad el argumento (inimaginable por momentos), escrito por un destino oculto que sonreía detrás de las cortinas del escenario. Numerosas fueron las veces en que la emoción los embargaba y les hacía derramar alguna que otra lágrima.

 La obra que representé posteriormente no contenía un guion propio, conciso y concreto. Se reescribía día a día nutriéndose de diferentes personajes que aparecían y desaparecían de mi alrededor, sembrando el argumento de cada función. Fue un trabajo muy intenso. No importaban tanto las vestiduras que lucía en cada acto, sino más bien mi actitud frente al público. Mi mirada, mis palabras, mis silencios, mis lágrimas, mis sonrisas. Tal vez fue uno de los papeles más hermosos de mi carrera de actor. Los vocablos libertad, gratitud, destino susurraban hermosos poemas que mi corazón atesoraba calladamente luego de cada representación. A pesar de un pobre y criticado comienzo, la obra acabó convirtiéndose en un sonado y comentado éxito. Algunos la titulaban El inconsciente, refiriéndose al personaje cuando este a muy temprana edad lo dejó todo y emigró. Otros bautizaron la obra con el nombre de Audacia. Algunos se maravillaban y clamaban loas referentes a la suerte y a la valentía. Los hubo que se sorprendían y esperaban ansiosas noticias del éxito o del fracaso de aquella representación, de cada nuevo capítulo.

Adormilados sobre una percha de raquíticos brazos de madera, mis tejanos rotos y arrugados se sostienen milagrosamente recordándome que fueron ellos los que cubrieron mi cuerpo durante la gira que realicé por diferentes países representando una nueva obra. El personaje que encarnaba en aquel guion hablaba sobre la confianza mutua que existía entre la vida y su alma y la ausencia de temor alguno en recorrer los diferentes caminos que se presentaban en su día a día en busca del sustento para ayudar a los suyos.

Posteriormente durante algunos años actué en una comedia donde mi papel representaba a un bohemio que navegaba en las alas del viento. Un personaje de cuyos ojos emanaba una luz que acallaba toda duda sobre el incierto mañana que acechaba a los espectadores con sus rutinas. Me sentía plenamente identificado con el papel que me habían asignado y fueron años de maravillosas actuaciones. Sonrío al recordar esas dos palabras grabadas en el mamparo de mi barco y que tanta fuerza me proporcionaban: “Vida mía, gracias por todo lo que me has dado”.

La siguiente obra en la que intervine requirió que mis vestimentas cambiaran completamente debido a que el papel que debía representar era el de un padre de familia, buen esposo y educador. Mi pantalón azul marino y mis camisas blancas de cuello mao me acompañaron durante casi veinte años en los que duró aquella interpretación. A causa del largo tiempo el guion se fusionó de tal forma en mí persona que me olvidé de mí mismo, de mi identidad, de que solamente estaba representando un papel y me creí ser aquel personaje. El nombre de la obra que representaba era muy simple, se llamaba El Juan. Tal vez lo más doloroso de aquella etapa fue despertar y tener que bajar de ese escenario que durante tanto tiempo ocupó mi vida. Recuerdo con especial nostalgia la pérdida de uno de mis compañeros de reparto, a quien tanto quería, quiero y echo de menos. Me refiero a Joan.

Tiempo después, el teatro donde debía de actuar cambió por completo su escenario para interpretar mi siguiente papel. Mi tejano negro y mi camisa blanca, colgados ahora en este bendito armario de mi existencia, me recuerdan lo que sentí al viajar hacia tierras lejanas y exóticas y al relacionarme con seres humanos que intentaban compartir su existencia comerciando conmigo. Recuerdo claramente sus miradas, sus gestos, sus sonrisas, sus picardías, descubrí gracias a todo ello que los sentimientos que alberga la condición humana en las diferentes culturas son tremendamente semejantes: temores y esperanzas, ilusiones y decepciones, amores y soledades conviven en el interior de las personas y en algún momento de la vida se reconcilian fundiéndose en un frágil abrazo donde nadie es vencedor. Mi corazón volvió a recordarme que habitaba en mí al descubrir la sonrisa infantil, inocente y pura, de Jianmei. El personaje que interpreté en aquel entonces podría recordarse como el de la famosa película que tenía por título En pos de mi destino.

Hoy, luego de lo vivido y de lo actuado, más allá de lo llorado y de lo reído, contemplo con nostalgia el escenario de mi vida representado ahora por mi viejo armario. Allí mis antiguas pertenencias, olvidadas por momentos, pero cuidadosamente guardadas en mi interior, han vuelto a cobrar vida en las manos de su verdadero dueño, porque en un revelador gesto de cordura y clarividencia, me he dado cuenta de que nunca me han pertenecido. Por ello las he retornado a su verdadero dueño, a la Vida misma. Pienso que tal vez, que el haberme sumergido en los diferentes papeles que he representado en mi existencia haya podido influir en mi confusión de creerme su dueño.

Actualmente, desnudo de ilusiones y proyectos, contemplo envuelto en una nube de silencio el milagro de cada día, el misterio infinito que nos envuelve. La consciencia de mi ignorancia frente al Todo se derrama por los poros de mi piel y en los huecos de mi Alma mi voz retumba incansablemente mi nuevo descubrimiento:

“No sé quién soy”.

@Juan Vladimir

31 de enero 2016

El viejo armario de rostro descolorido reposaba inerme sobre la pared blanca de aquella habitación. Sus viejas puertas conservaban aún el increíble poder de iluminar y oscurecer el interior de aquel añoso mueble. A cada nuevo esfuerzo que realizaban tanto para abrirse o cerrarse sus bisagras, agarrotadas y oxidadas emitían metálicos quejidos que recordaban su fosca vejez. Un espejo de moteado semblante que estaba sujeto a una de las puertas, me observaba silenciosamente cada vez que lo enfrentaba. En una de sus esquinas, una etiqueta de bordes azulados apenas perceptibles, encuadraba dos palabras que delataban todo lo que allí se guardaba: “Mi Vida” mientras tanto mi cuerpo, hundido en el lomo del pesado sofá, contemplaba en silencio al Silencio.

En el interior de aquel mueble reposaban las ropas que durante toda mi vida había hecho servir. Junto a ellas dormitaban también descoloridos sueños, antiguas ilusiones y fatigados temores de épocas pasadas. En un rincón del armario, mis silencios impertérritos, descansaban solemnemente. Ellos habían acallado mis quejas cuando las circunstancias me obligaban a cambiar mis ropajes y yo me rebelaba contra ello.

Observando detenidamente entre las paredes de aquel armario, descubrí una pequeña percha de la que colgaba un guardapolvo blanco. Era el que había usado durante mis primeros años de escuela. Sus mangas estaban amarillentas y tenían algún que otro agujero. En una de ellas, una mancha de tinta azul había sobrevivido pese al tiempo transcurrido. Los bolsillos aún podían reconocerse, pese a estar medio descocidos. En la percha, y sujeta con una pinza de madera de las que se usan para tender la ropa, una etiqueta de cartón decía lo siguiente: Fue un tiempo feliz.

 Mi primer pantalón largo fue de color gris y junto a un jersey de color granate, una camisa blanca y una simple corbata formaban un todo amoroso que vistió mi personaje en aquella obra llamada El buen estudiante. El tiempo había escapado de prisa y pese a ello, no había podido destruir la entrañable relación que guardaba mi persona con aquel uniforme que usé para asistir al instituto y que significaba el paso de mi niñez a la adolescencia. Mi corazón al observarlo se ruborizaba tímidamente. Al evocar aquel tiempo renacen en mí la ilusión y el esfuerzo que se generaban al intentar aprender aquel guion premiado con buenas calificaciones y que representaba en sí mismo el mensaje de gratitud hacia mi abuela y hacia mi madre, que luchaban con ahínco para criarnos a mis hermanos y a mí. No podía permitirme el decepcionarlas, ellas lo daban todo por nosotros y lo mínimo que podía hacer para agradecer su sacrificio era que se sintieran orgullosas de mis estudios.

Mi juventud fue protagonista de un difícil papel que tuve que interpretar en una obra llamada Incierto destino, pero recordada por algunos críticos con el nombre de Adolescencia destruida. Un delgado alambre en forma de percha dormita suspendido sobre la barra sujeta entre las dos paredes de aquel mueble. En el descansan dos viejas camisas, una azul y la otra blanca. Estas, combinadas con la americana celeste que tan orgulloso lucía cuando trabajaba en la oficina, conformaban una especie de armadura dentro de la cual me sentía importante, seguro de mí mismo, donde mi alma frágil e inocente se parapetaba del dolor y de la incertidumbre de cada día. El argumento central de la obra que interpretaba en aquel entonces hablaba sobre el sobrevivir, sí, sobre el sobrevivir a la miseria, al dolor, a la angustia por la salud de mi madre; a la impotencia frente a la mesa vacía; a la desesperación tras vender todos los muebles de mi casa para poder alimentarnos; al peso de la responsabilidad por mis hermanos. Sobrevivir al gran dolor de no entender por qué ese Dios al que todos los días invocaba y suplicaba no me respondía. Sobrevivir a la impotencia de mi adolescencia envejecida prematuramente. A menudo, y debido a las circunstancias del guion, debía improvisar mi papel en cada función. Para ello recurría a alguna señal del destino, o a la palabra de alguien, o de algún mensaje oculto entre las nubes, o a un gesto amigable de “mi mala suerte” que suavizara mi padecer y mi angustia y que me permitiese salir airoso de cada día, de cada función.  Algunos de los espectadores que me observaban vivían con desbordada intensidad el argumento (inimaginable por momentos), escrito por un destino oculto que sonreía detrás de las cortinas del escenario. Numerosas fueron las veces en que la emoción los embargaba y les hacía derramar alguna que otra lágrima.

 La obra que representé posteriormente no contenía un guion propio, conciso y concreto. Se reescribía día a día nutriéndose de diferentes personajes que aparecían y desaparecían de mi alrededor, sembrando el argumento de cada función. Fue un trabajo muy intenso. No importaban tanto las vestiduras que lucía en cada acto, sino más bien mi actitud frente al público. Mi mirada, mis palabras, mis silencios, mis lágrimas, mis sonrisas. Tal vez fue uno de los papeles más hermosos de mi carrera de actor. Los vocablos libertad, gratitud, destino susurraban hermosos poemas que mi corazón atesoraba calladamente luego de cada representación. A pesar de un pobre y criticado comienzo, la obra acabó convirtiéndose en un sonado y comentado éxito. Algunos la titulaban El inconsciente, refiriéndose al personaje cuando este a muy temprana edad lo dejó todo y emigró. Otros bautizaron la obra con el nombre de Audacia. Algunos se maravillaban y clamaban loas referentes a la suerte y a la valentía. Los hubo que se sorprendían y esperaban ansiosas noticias del éxito o del fracaso de aquella representación, de cada nuevo capítulo.

Adormilados sobre una percha de raquíticos brazos de madera, mis tejanos rotos y arrugados se sostienen milagrosamente recordándome que fueron ellos los que cubrieron mi cuerpo durante la gira que realicé por diferentes países representando una nueva obra. El personaje que encarnaba en aquel guion hablaba sobre la confianza mutua que existía entre la vida y su alma y la ausencia de temor alguno en recorrer los diferentes caminos que se presentaban en su día a día en busca del sustento para ayudar a los suyos.

Posteriormente durante algunos años actué en una comedia donde mi papel representaba a un bohemio que navegaba en las alas del viento. Un personaje de cuyos ojos emanaba una luz que acallaba toda duda sobre el incierto mañana que acechaba a los espectadores con sus rutinas. Me sentía plenamente identificado con el papel que me habían asignado y fueron años de maravillosas actuaciones. Sonrío al recordar esas dos palabras grabadas en el mamparo de mi barco y que tanta fuerza me proporcionaban: “Vida mía, gracias por todo lo que me has dado”.

La siguiente obra en la que intervine requirió que mis vestimentas cambiaran completamente debido a que el papel que debía representar era el de un padre de familia, buen esposo y educador. Mi pantalón azul marino y mis camisas blancas de cuello mao me acompañaron durante casi veinte años en los que duró aquella interpretación. A causa del largo tiempo el guion se fusionó de tal forma en mí persona que me olvidé de mí mismo, de mi identidad, de que solamente estaba representando un papel y me creí ser aquel personaje. El nombre de la obra que representaba era muy simple, se llamaba El Juan. Tal vez lo más doloroso de aquella etapa fue despertar y tener que bajar de ese escenario que durante tanto tiempo ocupó mi vida. Recuerdo con especial nostalgia la pérdida de uno de mis compañeros de reparto, a quien tanto quería, quiero y echo de menos. Me refiero a Joan.

Tiempo después, el teatro donde debía de actuar cambió por completo su escenario para interpretar mi siguiente papel. Mi tejano negro y mi camisa blanca, colgados ahora en este bendito armario de mi existencia, me recuerdan lo que sentí al viajar hacia tierras lejanas y exóticas y al relacionarme con seres humanos que intentaban compartir su existencia comerciando conmigo. Recuerdo claramente sus miradas, sus gestos, sus sonrisas, sus picardías, descubrí gracias a todo ello que los sentimientos que alberga la condición humana en las diferentes culturas son tremendamente semejantes: temores y esperanzas, ilusiones y decepciones, amores y soledades conviven en el interior de las personas y en algún momento de la vida se reconcilian fundiéndose en un frágil abrazo donde nadie es vencedor. Mi corazón volvió a recordarme que habitaba en mí al descubrir la sonrisa infantil, inocente y pura, de Jianmei. El personaje que interpreté en aquel entonces podría recordarse como el de la famosa película que tenía por título En pos de mi destino.

Hoy, luego de lo vivido y de lo actuado, más allá de lo llorado y de lo reído, contemplo con nostalgia el escenario de mi vida representado ahora por mi viejo armario. Allí mis antiguas pertenencias, olvidadas por momentos, pero cuidadosamente guardadas en mi interior, han vuelto a cobrar vida en las manos de su verdadero dueño, porque en un revelador gesto de cordura y clarividencia, me he dado cuenta de que nunca me han pertenecido. Por ello las he retornado a su verdadero dueño, a la Vida misma. Pienso que tal vez, que el haberme sumergido en los diferentes papeles que he representado en mi existencia haya podido influir en mi confusión de creerme su dueño.

Actualmente, desnudo de ilusiones y proyectos, contemplo envuelto en una nube de silencio el milagro de cada día, el misterio infinito que nos envuelve. La consciencia de mi ignorancia frente al Todo se derrama por los poros de mi piel y en los huecos de mi Alma mi voz retumba incansablemente mi nuevo descubrimiento:

“No sé quién soy”.

@Juan Vladimir

31 de enero 2016

El amor maduro (confesión)

El amor maduro (confesión)

cronología  para leer: 

Para ti hijo mío / El amor maduro

A lo largo de mi existencia siempre creí que te había amado, hijo mío.

Creí que te había amado… porque estabas presente y porque sin darme cuenta, pensé que te poseía.

Creí que te había amado… porque recibía mucho con solo verte y porque justificabas gran parte de mi vacío existencial y mi soledad.

Creí que te había amado… porque eras mi hijo y porque me veía a mi mismo en ti.

Creí que te había amado… por muchas razones.

Hoy, vacío y desnudo en mi interior, me propongo y decido que puedo amarte de verdad, amarte de otra forma más auténtica, más real.

Amarte y continuar brindándote mi amor, porque aún estoy en esta vida, de pie frente a ella, aunque mi corazón algunas veces flaquee…

De pie, aunque algunas veces esté cansado…

De pie, aunque no crea ya en efímeras ilusiones.

Decido hijo amarte incondicionalmente, aunque no estés presente, aunque no pueda oírte, aunque no pueda verte.

Decido amarte sin esperar nada de ti, porque soy consciente de que tu presencia es un regalo en mi vida, aunque hoy no estés físicamente.

Decido amarte, porque ahora crezco conscientemente a través de ti en mi interior, y porque ahora más que nunca me he dado cuenta de que eres mi hijo para toda la Eternidad.

Decido amarte por todo y por mil cosas más que no sé expresarte, y por ello me propongo a darte la libertad y mi bendición en este momento para que continúes tu camino en paz, porque me he dado cuenta del absurdo de encadenarte a la posesión egoísta.

Decido amarte hijo permitiéndome la libertad de vivir lo que se me presente, libre de culpas y del sinsentido de reclamar lo imposible.

Hijo, te amo por Amor, simplemente.

@Juan Vladimir

11 noviembre 2006

 

cronología  para leer: 

Para ti hijo mío / El amor maduro

A lo largo de mi existencia siempre creí que te había amado, hijo mío.

Creí que te había amado… porque estabas presente y porque sin darme cuenta, pensé que te poseía.

Creí que te había amado… porque recibía mucho con solo verte y porque justificabas gran parte de mi vacío existencial y mi soledad.

Creí que te había amado… porque eras mi hijo y porque me veía a mi mismo en ti.

Creí que te había amado… por muchas razones.

Hoy, vacío y desnudo en mi interior, me propongo y decido que puedo amarte de verdad, amarte de otra forma más auténtica, más real.

Amarte y continuar brindándote mi amor, porque aún estoy en esta vida, de pie frente a ella, aunque mi corazón algunas veces flaquee…

De pie, aunque algunas veces esté cansado…

De pie, aunque no crea ya en efímeras ilusiones.

Decido hijo amarte incondicionalmente, aunque no estés presente, aunque no pueda oírte, aunque no pueda verte.

Decido amarte sin esperar nada de ti, porque soy consciente de que tu presencia es un regalo en mi vida, aunque hoy no estés físicamente.

Decido amarte, porque ahora crezco conscientemente a través de ti en mi interior, y porque ahora más que nunca me he dado cuenta de que eres mi hijo para toda la Eternidad.

Decido amarte por todo y por mil cosas más que no sé expresarte, y por ello me propongo a darte la libertad y mi bendición en este momento para que continúes tu camino en paz, porque me he dado cuenta del absurdo de encadenarte a la posesión egoísta.

Decido amarte hijo permitiéndome la libertad de vivir lo que se me presente, libre de culpas y del sinsentido de reclamar lo imposible.

Hijo, te amo por Amor, simplemente.

@Juan Vladimir

11 noviembre 2006

 

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