Seleccionar página
Naufragio

Naufragio

Innumerables cicatrices marcaban mi dolorido cuerpo que, sujeto a un madero aún flotaba en la infinitud del azul marino. Mis ojos agarrotados por el salitre permanecían aún cerrados, como pegados para siempre a la piel de mi rostro, sin embargo, sabían que tarde o temprano debían volver a abrirse nuevamente y contemplar la inmensidad de la existencia reflejada sobre la superficie oceánica.

Mis manos, encallecidas y fatigadas no podían disimular el denodado esfuerzo que habían realizado durante tantos años para sobrevivir. Mis huesos, unidos fuertemente entre sí por desgastadas bisagras, crujían a cada nuevo esfuerzo que realizaban, expresando de esta forma su cansancio y su dolor. 

Todo mi ser, sobreviviente milagroso de aquel naufragio, reposaba lúcido tendido sobre aquel tablero marino que flotaba a la deriva, mi alma en tanto, se resguardaba de las inclemencias del dolor humano y, a pesar de no pertenecer a este mundo, había hecho de él su refugio. 

El amanecer húmedo llegaba de prisa, y la conciencia de permanecer aún con vida comenzaba a manifestarse en mis sentidos. Poco a poco, al ir despertando de mi letargo, iban apareciendo en mi mente las primeras señales de mi presente: La conciencia de mi tiempo finito y el darme cuenta del largo camino que había recorrido casi sin haberme dado cuenta de ello.

A medida que iba tomando conciencia de haber sobrevivido a aquel naufragio llamado “mi vida”, comenzó a invadirme la sensación de sentirme afortunado. Lentamente y con mucho esfuerzo debido al dolor de tener que enfrentar nuevamente la realidad comencé a mover mis párpados. ¡Ante mi asombro! al abrirlos descubrí un inmenso cielo azul que me contemplaba. Volví a cerrarlos y a abrirlos varias veces, y el cielo continuaba siendo el mismo de siempre. El firmamento azul, inmaculado en su piel, me envolvía por doquier, separando o tal vez uniendo lo divino con lo humano, lo sublime con lo tosco que habitaba en mi condición humana. De vez en cuando algunas nubes blancas guiadas por el viento caminaban a su antojo por sus calles azules y me distraían, luego desaparecían de forma rápida y sigilosa, perseguidas por invisibles corrientes de aire.                                                                                                                                

Poco a poco me incorporé y me senté sobre la gruesa madera que me sujetaba a la vida. Cegado por los rayos del sol intenté escrudiñar el horizonte y entonces descubrí que no estaba sólo como yo creía. ¡Sí! ¡No estaba solo en el inmenso mar de la existencia que me rodeaba! A mi alrededor, una multitud de seres también luchaban incansablemente por sobrevivir al igual que yo para no perecer engullidos por la inmensidad que nos mantenía prisioneros. 

Al descubrirlos en un inconsciente y compasivo gesto, comencé a agitar mis brazos para hacerles señales que captaran su atención.         Mis labios ensayaban indefensos vocablos que pretendían revelarles que aún ¡estábamos vivos! pero, a pesar de mis esfuerzos, quienes me rodeaban no se percataban de mi presencia; estaban tan ocupados consigo mismos que no podían ver más allá, porque no miraban. La cotidiana rutina del esfuerzo por sobrevivir haciendo equilibrios sobre las maderas que sujetaban sus vidas los devoraba, y su única ambición era alcanzar uno de los tantos salvavidas que flotaban a su alrededor. 

Estos – los salvavidas- sujetaban los cuerpos de muchos de aquellos náufragos, y a pesar de tener un mismo color en su superficie y un tamaño igual, se diferenciaban por los nombres que tenían impresos en sus impermeables superficies:

Felicidad / Ilusión / Ambición / Trabajo / Dinero / Familia / Triunfo / Esperanza / Seguridad / Futuro / … 

y tantos otros nombres que no logro recordar. Algunos de estos nombres estaban medio despintados, tal vez por el paso del tiempo o por el roce del agua (la vida) sobre aquella blanca tela, pero cada uno de ellos representaba el sentido de la existencia, de la lucha, en definitiva, de sus vidas y ayudaban a sobrevivir a aquellas gentes que flotaban en la inmensidad del océano de la existencia.

Sobre la piel de aquel sinuoso mar, la condición humana se aferraba a lo que podía para sobrevivir, al igual que yo.

Los salvavidas eran los recursos de aquellos huérfanos que habían naufragado. Cada uno de los sobrevivientes se aferraba a la vida como podía, todos o casi todos habían sido narcotizados con la poderosa droga que anulaba sus conciencias y les distorsionaba la percepción de la realidad: 

Habían perdido la conciencia de su finitud y vivían persiguiendo un horizonte al que llamaban seguridad y futuro, sintiéndose inmortales. De esta forma, sus vidas se transformaban en una lucha constante de sacrificio y dolor, en pos de un lejano espejismo, de un irreal concepto de felicidad. 

Mi alma, contemplaba desde la lejanía y lloraba su llanto silenciosamente al observar cómo, algunos náufragos se abandonaban a sí mismos soltando sus salvavidas, tras lo cual perecían. Otros, en cambio, aterrados y cegados por una irreal ceguera, se aferraban a una creencia y flotaban por inercia, esperando que alguien, en un futuro que trascendía los límites de la existencia, los rescatase para vivir eternamente.

Observando desde la distancia, descubrí como aquellos benditos salvavidas que ayudaban a los náufragos a sobrevivir, a su vez condenaban a muchos de ellos a una especie de inmovilismo, de pasividad consigo mismos, porque la dificultad de moverse con el salvavidas, (que representaba su búsqueda existencial) sujeto al cuello parecía mucho mayor. ¡No era fácil el desprenderse del significado de aquel elemento! 

Algunas veces, aquel inmenso mar llamado Vida se agitaba y las grandes olas engullían a numerosos náufragos. De mis ojos brotaba entonces un torrente de lágrimas como clara señal de protesta y dolor al no comprender el porqué de tanto sufrimiento. Pero también era verdad que, en esos momentos de confusión, de dolor y de claridad, ya que el sufrimiento nos vuelve clarividentes, uno se rinde al Infinito.

Levantando los ojos elevé mi silencioso agradecimiento al cielo al sentirme insignificante en manos de un sentimiento de amor eterno llamado Vida. Mis ojos fueron acostumbrándose a la claridad que proporcionaba la conciencia de saberse ignorante. Los pensamientos cesaban y las viejas creencias que me habían adormecido durante tanto tiempo desaparecían como por arte de magia. La realidad humana que contemplaban mis ojos superaba con creces cualquier fantasía que una mente podía imaginar. 

Mecida en los brazos del mar azul de la existencia, mi alma sobrevive guarecida en esta frágil envoltura humana. La necesidad de descifrar el misterio humano ha desaparecido de mí interior, en su lugar, un sentimiento de amor que me une al Gran Cielo me cobija sin preguntas. 

@Juan Vladimir

Febrero 2017 

Innumerables cicatrices marcaban mi dolorido cuerpo que, sujeto a un madero aún flotaba en la infinitud del azul marino. Mis ojos agarrotados por el salitre permanecían aún cerrados, como pegados para siempre a la piel de mi rostro, sin embargo, sabían que tarde o temprano debían volver a abrirse nuevamente y contemplar la inmensidad de la existencia reflejada sobre la superficie oceánica.

Mis manos, encallecidas y fatigadas no podían disimular el denodado esfuerzo que habían realizado durante tantos años para sobrevivir. Mis huesos, unidos fuertemente entre sí por desgastadas bisagras, crujían a cada nuevo esfuerzo que realizaban, expresando de esta forma su cansancio y su dolor. 

Todo mi ser, sobreviviente milagroso de aquel naufragio, reposaba lúcido tendido sobre aquel tablero marino que flotaba a la deriva, mi alma en tanto, se resguardaba de las inclemencias del dolor humano y, a pesar de no pertenecer a este mundo, había hecho de él su refugio. 

El amanecer húmedo llegaba de prisa, y la conciencia de permanecer aún con vida comenzaba a manifestarse en mis sentidos. Poco a poco, al ir despertando de mi letargo, iban apareciendo en mi mente las primeras señales de mi presente: La conciencia de mi tiempo finito y el darme cuenta del largo camino que había recorrido casi sin haberme dado cuenta de ello.

A medida que iba tomando conciencia de haber sobrevivido a aquel naufragio llamado “mi vida”, comenzó a invadirme la sensación de sentirme afortunado. Lentamente y con mucho esfuerzo debido al dolor de tener que enfrentar nuevamente la realidad comencé a mover mis párpados. ¡Ante mi asombro! al abrirlos descubrí un inmenso cielo azul que me contemplaba. Volví a cerrarlos y a abrirlos varias veces, y el cielo continuaba siendo el mismo de siempre. El firmamento azul, inmaculado en su piel, me envolvía por doquier, separando o tal vez uniendo lo divino con lo humano, lo sublime con lo tosco que habitaba en mi condición humana. De vez en cuando algunas nubes blancas guiadas por el viento caminaban a su antojo por sus calles azules y me distraían, luego desaparecían de forma rápida y sigilosa, perseguidas por invisibles corrientes de aire.                                                                                                                                

Poco a poco me incorporé y me senté sobre la gruesa madera que me sujetaba a la vida. Cegado por los rayos del sol intenté escrudiñar el horizonte y entonces descubrí que no estaba sólo como yo creía. ¡Sí! ¡No estaba solo en el inmenso mar de la existencia que me rodeaba! A mi alrededor, una multitud de seres también luchaban incansablemente por sobrevivir al igual que yo para no perecer engullidos por la inmensidad que nos mantenía prisioneros. 

Al descubrirlos en un inconsciente y compasivo gesto, comencé a agitar mis brazos para hacerles señales que captaran su atención.         Mis labios ensayaban indefensos vocablos que pretendían revelarles que aún ¡estábamos vivos! pero, a pesar de mis esfuerzos, quienes me rodeaban no se percataban de mi presencia; estaban tan ocupados consigo mismos que no podían ver más allá, porque no miraban. La cotidiana rutina del esfuerzo por sobrevivir haciendo equilibrios sobre las maderas que sujetaban sus vidas los devoraba, y su única ambición era alcanzar uno de los tantos salvavidas que flotaban a su alrededor. 

Estos – los salvavidas- sujetaban los cuerpos de muchos de aquellos náufragos, y a pesar de tener un mismo color en su superficie y un tamaño igual, se diferenciaban por los nombres que tenían impresos en sus impermeables superficies:

Felicidad / Ilusión / Ambición / Trabajo / Dinero / Familia / Triunfo / Esperanza / Seguridad / Futuro / … 

y tantos otros nombres que no logro recordar. Algunos de estos nombres estaban medio despintados, tal vez por el paso del tiempo o por el roce del agua (la vida) sobre aquella blanca tela, pero cada uno de ellos representaba el sentido de la existencia, de la lucha, en definitiva, de sus vidas y ayudaban a sobrevivir a aquellas gentes que flotaban en la inmensidad del océano de la existencia.

Sobre la piel de aquel sinuoso mar, la condición humana se aferraba a lo que podía para sobrevivir, al igual que yo.

Los salvavidas eran los recursos de aquellos huérfanos que habían naufragado. Cada uno de los sobrevivientes se aferraba a la vida como podía, todos o casi todos habían sido narcotizados con la poderosa droga que anulaba sus conciencias y les distorsionaba la percepción de la realidad: 

Habían perdido la conciencia de su finitud y vivían persiguiendo un horizonte al que llamaban seguridad y futuro, sintiéndose inmortales. De esta forma, sus vidas se transformaban en una lucha constante de sacrificio y dolor, en pos de un lejano espejismo, de un irreal concepto de felicidad. 

Mi alma, contemplaba desde la lejanía y lloraba su llanto silenciosamente al observar cómo, algunos náufragos se abandonaban a sí mismos soltando sus salvavidas, tras lo cual perecían. Otros, en cambio, aterrados y cegados por una irreal ceguera, se aferraban a una creencia y flotaban por inercia, esperando que alguien, en un futuro que trascendía los límites de la existencia, los rescatase para vivir eternamente.

Observando desde la distancia, descubrí como aquellos benditos salvavidas que ayudaban a los náufragos a sobrevivir, a su vez condenaban a muchos de ellos a una especie de inmovilismo, de pasividad consigo mismos, porque la dificultad de moverse con el salvavidas, (que representaba su búsqueda existencial) sujeto al cuello parecía mucho mayor. ¡No era fácil el desprenderse del significado de aquel elemento! 

Algunas veces, aquel inmenso mar llamado Vida se agitaba y las grandes olas engullían a numerosos náufragos. De mis ojos brotaba entonces un torrente de lágrimas como clara señal de protesta y dolor al no comprender el porqué de tanto sufrimiento. Pero también era verdad que, en esos momentos de confusión, de dolor y de claridad, ya que el sufrimiento nos vuelve clarividentes, uno se rinde al Infinito.

Levantando los ojos elevé mi silencioso agradecimiento al cielo al sentirme insignificante en manos de un sentimiento de amor eterno llamado Vida. Mis ojos fueron acostumbrándose a la claridad que proporcionaba la conciencia de saberse ignorante. Los pensamientos cesaban y las viejas creencias que me habían adormecido durante tanto tiempo desaparecían como por arte de magia. La realidad humana que contemplaban mis ojos superaba con creces cualquier fantasía que una mente podía imaginar. 

Mecida en los brazos del mar azul de la existencia, mi alma sobrevive guarecida en esta frágil envoltura humana. La necesidad de descifrar el misterio humano ha desaparecido de mí interior, en su lugar, un sentimiento de amor que me une al Gran Cielo me cobija sin preguntas. 

@Juan Vladimir

Febrero 2017 

Barcelona

Barcelona

Estimada Barcelona:

Com tu ja saps, fa molt de temps que ens coneixem. Vaig arribar a tu quant tenia 23 anys. Era jove, volia descobrir el mon. Feia molt de temps que ja rodava per diferents terres i coneixia d’altres gents…

Però quant et vaig conèixer vaig quedar pren dat de tu, per a mi va ser un amor a primera vista.

Tu Barcelona, dona maca, plena de saviesa has escoltat els meus somnis i m’has acollit… No m’has promès res, simplement m’has brindat tot el que tens:

la teva gent, la teva noblesa, la teva dignitat, la teva història, els teus carrers, la teva bellesa.

Tu coneixes bé tota la meva vida, les teves nits guarden les meves tristors, les meves il·lusions  i les meves alegries. Els teus carrers coneixen l’enrenou de les meves petjades i tot allò que el meu cor porta dins després de tant de temps de compartir-ho amb tu.

Barcelona estimada. Tu sempre has estat aquí, plena, silenciosa, com una gran mare escoltant i parlant-me en veu baixa…dient-me moltes vegades…”segueix Joan, ves endavant Joan, no caiguis, jo t’ajudo”.

Avui Barcelona , després de quasi 30 anys vivint junts desitjo manifestar-te públicament la meva gratitud per tot el que he viscut amb tu.

Tu també com jo, et fas gran. He vist tota la teva transformació perquè la vida és així. La vida no s’atura mai i ens marca el rostre i el cor.

I avui quant tu, amb un acte sagrat d’amor em permets treballar i visc en el teu cor mateix et dic en veu alta:

GRACIES Barcelona, gràcies per tot el que m’has donat i beneïda siguis per sempre.

                                                                                                         © Juan Vladimir

Octubre 2007

 

 

Estimada Barcelona:

Com tu ja saps, fa molt de temps que ens coneixem. Vaig arribar a tu quant tenia 23 anys. Era jove, volia descobrir el mon. Feia molt de temps que ja rodava per diferents terres i coneixia d’altres gents…

Però quant et vaig conèixer vaig quedar pren dat de tu, per a mi va ser un amor a primera vista.

Tu Barcelona, dona maca, plena de saviesa has escoltat els meus somnis i m’has acollit… No m’has promès res, simplement m’has brindat tot el que tens:

la teva gent, la teva noblesa, la teva dignitat, la teva història, els teus carrers, la teva bellesa.

Tu coneixes bé tota la meva vida, les teves nits guarden les meves tristors, les meves il·lusions  i les meves alegries. Els teus carrers coneixen l’enrenou de les meves petjades i tot allò que el meu cor porta dins després de tant de temps de compartir-ho amb tu.

Barcelona estimada. Tu sempre has estat aquí, plena, silenciosa, com una gran mare escoltant i parlant-me en veu baixa…dient-me moltes vegades…”segueix Joan, ves endavant Joan, no caiguis, jo t’ajudo”.

Avui Barcelona , després de quasi 30 anys vivint junts desitjo manifestar-te públicament la meva gratitud per tot el que he viscut amb tu.

Tu també com jo, et fas gran. He vist tota la teva transformació perquè la vida és així. La vida no s’atura mai i ens marca el rostre i el cor.

I avui quant tu, amb un acte sagrat d’amor em permets treballar i visc en el teu cor mateix et dic en veu alta:

GRACIES Barcelona, gràcies per tot el que m’has donat i beneïda siguis per sempre.

                                                                                                         © Juan Vladimir

Octubre 2007

 

 

Dedicado a Emma

Dedicado a Emma

Son numerosos los vocablos que afloran a mis labios cuando tengo que definir a Emma,

Por ejemplo, podría decir:

Emma, el dolor… Emma, la tristeza… Emma, el destino…

También podría decir:

Emma, la Vida… Emma, la sonrisa… Emma, la poesía… Emma, el Amor…

Pero entre todos ellos, tal vez hay uno que encierra todo lo que Emma simboliza para mí:

Emma, la esperanza… ¡Sí! La esperanza.

La esperanza que, sobreponiéndose al dolor incomprensible e inenarrable, germina en su soledad y da paso al amor y a la pasión de sobrevivir por encima de las heridas nacidas en la sinrazón y sufridas por una niña de frágiles huesos e infantil mirada.

La esperanza que transforma y purifica todo el sufrimiento padecido en un acto público, heroico, bendito, por el bien de otras niñas y niños que hayan pasado o estén viviendo el mismo infierno por el cual Emma ha transitado.

La esperanza de volver a decirle Sí a la Vida, sin rencores, sin exigencias, sin victimismo, sin pedir que el verdugo/víctima transfiera su herencia en una búsqueda insaciable de venganza.

Emma ha sufrido lo indecible, ha llorado incansablemente, y no ha entendido.

Emma ha crecido de pronto, ha madurado, se ha sentido diferente en un mundo donde los adultos no fueron adultos… y donde la infancia quedó encerrada entre gruesos barrotes de dolor.

Pero a pesar de todo, Emma sonríe, Emma ama, Emma escribe un canto a la vida detrás de su dolorosa memoria, presente en el relato de sus vivencias pasadas.

De ella conozco solo su voz, pero su voz me ilumina el rostro cuando sus palabras siembran ternura en mi alma y me siento enormemente pequeño frente a la inmensa dignidad que mana de su corazón.

Emma querida, gracias por ser quien eres, gracias por haberle dado un sentido y un valor a tu dolor, intentando que no haya sido en vano y que pueda ser útil para ayudar a otras víctimas inocentes a salir de su martirio.

Gracias por ser esperanza de tantos, por dibujar una estrella en tu presente y no una pesada cruz; gracias por tu vida, por estar presente en mi camino.

@Juan Vladimir

Julio 2003

Son numerosos los vocablos que afloran a mis labios cuando tengo que definir a Emma,

Por ejemplo, podría decir:

Emma, el dolor… Emma, la tristeza… Emma, el destino…

También podría decir:

Emma, la Vida… Emma, la sonrisa… Emma, la poesía… Emma, el Amor…

Pero entre todos ellos, tal vez hay uno que encierra todo lo que Emma simboliza para mí:

Emma, la esperanza… ¡Sí! La esperanza.

La esperanza que, sobreponiéndose al dolor incomprensible e inenarrable, germina en su soledad y da paso al amor y a la pasión de sobrevivir por encima de las heridas nacidas en la sinrazón y sufridas por una niña de frágiles huesos e infantil mirada.

La esperanza que transforma y purifica todo el sufrimiento padecido en un acto público, heroico, bendito, por el bien de otras niñas y niños que hayan pasado o estén viviendo el mismo infierno por el cual Emma ha transitado.

La esperanza de volver a decirle Sí a la Vida, sin rencores, sin exigencias, sin victimismo, sin pedir que el verdugo/víctima transfiera su herencia en una búsqueda insaciable de venganza.

Emma ha sufrido lo indecible, ha llorado incansablemente, y no ha entendido.

Emma ha crecido de pronto, ha madurado, se ha sentido diferente en un mundo donde los adultos no fueron adultos… y donde la infancia quedó encerrada entre gruesos barrotes de dolor.

Pero a pesar de todo, Emma sonríe, Emma ama, Emma escribe un canto a la vida detrás de su dolorosa memoria, presente en el relato de sus vivencias pasadas.

De ella conozco solo su voz, pero su voz me ilumina el rostro cuando sus palabras siembran ternura en mi alma y me siento enormemente pequeño frente a la inmensa dignidad que mana de su corazón.

Emma querida, gracias por ser quien eres, gracias por haberle dado un sentido y un valor a tu dolor, intentando que no haya sido en vano y que pueda ser útil para ayudar a otras víctimas inocentes a salir de su martirio.

Gracias por ser esperanza de tantos, por dibujar una estrella en tu presente y no una pesada cruz; gracias por tu vida, por estar presente en mi camino.

@Juan Vladimir

Julio 2003

Para ti hijo mío

Para ti hijo mío

cronología  de lectura:

 Para ti hijo mío / El amor maduro

Mientras observo a la gente que desfila por los enormes pasillos de los centros comerciales, me solidarizo en silencio con todos aquellos que han perdido un ser querido y recuerdo a mi hijo. Mis ojos empañados, en una mezcla de ternura y de inenarrables sentimientos, me impulsan a sumergirme en el fondo de mi corazón y es entonces cuando me rindo humildemente a la vida y le agradezco el tiempo que he podido compartir con él.

Renuncio definitivamente al dolor (victimista) de su partida, me propongo no vivir en vano lo que me reste de existencia y a estar atento, muy atento para no culparlo inconscientemente de su partida y por ello transformarlo en el verdugo de mi existencia al abandonarme en el dolor.  

Decido que sí, que tengo derecho a sufrir porque el sufrimiento es una cualidad humana, pero la ausencia de mi hijo no me da más derechos, sino más responsabilidades. Por lo tanto, debo escoger entre sufrir miserablemente o sufrir con dignidad. 

Me sumerjo en un invisible abrazo con todos los padres que han perdido hijos y, tal como ha dicho José, un amigo mío, “para ti, Joan, hijo mío, estés donde estés”, este es mi homenaje:

 ¡Sí a la Vida, a pesar de todo!

@Juan Vladimir

31/12/2000

cronología  de lectura:

 Para ti hijo mío / El amor maduro

Mientras observo a la gente que desfila por los enormes pasillos de los centros comerciales, me solidarizo en silencio con todos aquellos que han perdido un ser querido y recuerdo a mi hijo. Mis ojos empañados, en una mezcla de ternura y de inenarrables sentimientos, me impulsan a sumergirme en el fondo de mi corazón y es entonces cuando me rindo humildemente a la vida y le agradezco el tiempo que he podido compartir con él.

Renuncio definitivamente al dolor (victimista) de su partida, me propongo no vivir en vano lo que me reste de existencia y a estar atento, muy atento para no culparlo inconscientemente de su partida y por ello transformarlo en el verdugo de mi existencia al abandonarme en el dolor.  

Decido que sí, que tengo derecho a sufrir porque el sufrimiento es una cualidad humana, pero la ausencia de mi hijo no me da más derechos, sino más responsabilidades. Por lo tanto, debo escoger entre sufrir miserablemente o sufrir con dignidad. 

Me sumerjo en un invisible abrazo con todos los padres que han perdido hijos y, tal como ha dicho José, un amigo mío, “para ti, Joan, hijo mío, estés donde estés”, este es mi homenaje:

 ¡Sí a la Vida, a pesar de todo!

@Juan Vladimir

31/12/2000

Alma navegante

Alma navegante

En medio de este vasto océano llamado Vida, mi Alma navega a bordo de un pequeño velero de líneas azules y velas blanquecinas.

El mar se extiende inmenso ante mi silenciosa presencia; el misterio y la quietud de lo inconmensurable se definen ante mis ojos en cada nuevo amanecer. Mientras tanto, mi barco navega, navega sin rumbo definido, solamente navega…

Numerosos fueron los años en que mi mente, presa del desencanto y del temor, escudriñaba con vehemencia las enormes cartas de navegación, en su afán de hallar un resguardo apacible donde poder fondear.

Puerto Soledad, Marina Futuro, laguna de Paz, bahía Esperanza, golfo del Retiro, ensenada Seguridad y tantos otros fondeaderos donde mi infantil condición humana, presa del temor, intentaba recalar en busca de sosiego y seguridad.

Sin embargo, y pese a los malos y buenos vientos que la existencia me ha deparado en mis pasadas singladuras, continúo navegando, pero esta vez sin buscar un lugar donde reposar.

La Vida, en mi inmensa soledad, me ha enseñado que el fin de la existencia no es llegar a un puerto, sino, simplemente, navegar.

@Juan Vladimir

Abril 1997

En medio de este vasto océano llamado Vida, mi Alma navega a bordo de un pequeño velero de líneas azules y velas blanquecinas.

El mar se extiende inmenso ante mi silenciosa presencia; el misterio y la quietud de lo inconmensurable se definen ante mis ojos en cada nuevo amanecer. Mientras tanto, mi barco navega, navega sin rumbo definido, solamente navega…

Numerosos fueron los años en que mi mente, presa del desencanto y del temor, escudriñaba con vehemencia las enormes cartas de navegación, en su afán de hallar un resguardo apacible donde poder fondear.

Puerto Soledad, Marina Futuro, laguna de Paz, bahía Esperanza, golfo del Retiro, ensenada Seguridad y tantos otros fondeaderos donde mi infantil condición humana, presa del temor, intentaba recalar en busca de sosiego y seguridad.

Sin embargo, y pese a los malos y buenos vientos que la existencia me ha deparado en mis pasadas singladuras, continúo navegando, pero esta vez sin buscar un lugar donde reposar.

La Vida, en mi inmensa soledad, me ha enseñado que el fin de la existencia no es llegar a un puerto, sino, simplemente, navegar.

@Juan Vladimir

Abril 1997

De regreso a Montevideo

De regreso a Montevideo

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Triste y abatido, aquella noche regresé al hostal en donde me alojaba.

Al otro día, a las diez de la noche, debía de coger el autobús en la estación Rodoviaria para volver a Uruguay. Los cien cruzeiros que Rodolfo me había prestado eran el salvavidas que me mantenía medianamente optimista.

Entristecido, intentando reavivar en mí nuevas ilusiones, cerré los ojos como evitando darme cuenta de que estaba retornando al lugar desde donde había partido. ¡Qué difícil resultaba romper las amarras y volar libremente!

En de la soledad de la noche y envuelto en el frío de mi alma, intentaba dormirme, pero no lo conseguía. El ruido del motor del autobús y los gritos de mis pensamientos me mantenían despierto. Mi único anhelo en esos momentos era el poder dejar de pensar. De vez en cuando miraba por la ventanilla hacia el cielo oscuro, donde las estrellas, como obedeciendo a una orden divina, caminaban sin cesar por sus sendas ya establecidas. Todas tenían un destino definido alrededor del cual giraban.  Pero yo, ¡yo no tenía nada esa noche! No sabía qué sería de mi vida tras mi regreso a Montevideo.

La fortuna, que en un comienzo parecía generosa conmigo, me había jugado una mala pasada. Esto era casi en lo único en que pensaba.

Dios misterioso que te escondes en lo profundo del cielo:

¿Hacia dónde me llevas?  Hay momentos en los que no te comprendo.

¿Por qué no me marcas un camino como a las estrellas?

Amo la libertad y sin embargo hay momentos en los que deseo que me sujetes a un futuro cargado de seguridades, pero tú, desoyendo mis deseos, no le das ninguna importancia a mi vida y me dejas librado al azar de cada día.

¿Hasta cuándo debo vivir así, de este modo tan errante?

La respuesta llegó a mi alma muy sutilmente. No supe discernir si había surgido desde lo más profundo de mí o si había llegado desde alguna estrella lejana.

“Las personas que solo piensan en sí mismas nunca descubrirán su camino. Tus deseos son tus miedos, pero esto solo lo comprenderás cuando acalles tu mente y vivas desde el centro de tú corazón.”

Lentamente fui cayendo en un dulce sueño que se fue interrumpido por la voz del conductor.

—¡Diez minutos de parada! —dijo en portugués.

A pesar de encontrarme cansado y somnoliento, decidí descender del autobús para estirar las piernas. El aire fresco y limpio de la madrugada inundó mis pulmones de una fragancia difícil de olvidar. La noche lucía cubierta de brillantes estrellas.

Me alejé unos metros del restaurante hacia unos árboles que estaban detrás del parador.  Un grillo solitario, escondido entre la maleza, cantaba a la luz de la luna. Me detuve junto a unos arbustos para escuchar su solitaria melodía.

De pronto, el grillo, como percatándose de mi presencia, cesó su canto durante unos breves instantes. Al cabo de unos minutos, volví a oírlo, pero esta vez su grillar me sonaba a palabras dirigidas a mí, la cuales resonaban en mis sienes de forma telepática:

—¿Quién eres? —me preguntó con su cri cri.

—Soy Juan y voy de regreso hacia Montevideo —le respondí.

—¿Por qué estás tan triste?

Sorprendido y molesto por su pregunta, le repliqué:

—¿Y tú cómo sabes que estoy triste?

—Percibo la pena en tu voz.

—¿Sabes qué me ocurre? Busco un camino para mi vida y no lo encuentro.

Empecinado en hurgar en mi interior, aquel insignificante personaje no cejaba en su empeño de obtener respuestas.

—¿Por qué estás buscando un camino?

—Quiero sentirme seguro, por eso lo busco.

—Solo los tontos buscan algo seguro.

—¿En verdad crees que es así?

—Pregúntale a tu Alma, ella te lo explicará mejor que yo.

Ante su contundente respuesta, me quedé sin saber qué responder. Sus palabras, mezcladas con mis sentimientos, discutían acaloradamente mientras yo permanecía en silencio. Un minuto más tarde, luego de aquel breve colapso, reaccioné.

—¿Sabes que me sucede, amigo? —dije—.  Mi Alma no habla conmigo desde hace mucho tiempo. Estoy tan ocupado con mis problemas que cuando intento hablar con ella, no lo consigo. Es como si se hubiese alejado de mí y me hubiese dejado solo. ¿Qué debo hacer?

Luego de reflexionar unos instantes, su voz volvió a resonar:

—Dile al guardián que habita en tu mente que libere tu Alma de los pensamientos que la mantienen prisionera.

Sus palabras sonaron proféticas.

—Se lo diré, puede que tengas razón.

—Perderás el autobús.

Volví a tomar consciencia de dónde me encontraba. El autobús, presto a partir, jadeaba y ensuciaba la claridad nocturna con sus bocanadas de humo, grises y pestilentes. Volví la cabeza hacia la espesa maleza intentando adivinar el escondite de mi interlocutor.

En voz alta y apremiado por la prisa, dejé aflorar mis sentimientos en medio de una congoja que me oprimía el pecho:

—Amigo, tal vez nunca más volvamos a encontrarnos; sin embargo, tú desinteresado amor hacia mí jamás abandonará mi corazón. Gracias por ayudarme. ¡Hasta siempre!

La noche, el rocío, las estrellas, el pequeño grillo, todo lo mágico y transcendente de la existencia estaban allí presentes, llamando a mi corazón para que despertase de su amargo y negativo sueño.

La consciencia de sentirme lleno de vida otra vez me hizo elevar los ojos hacia el infinito. De mis labios partió una flecha hacia el firmamento, llevando la sagrada palabra que había olvidado:

¡Gracias, Vida mía!

La luna, cómplice del misterio que encerraba la noche, me esbozó con picardía una menguante sonrisa. Me sentía feliz nuevamente.

@Juan Vladimir

Octubre 1997

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies

Pin It on Pinterest